En Ecuador, la quema del “Año Viejo” simboliza la esperanza de dejar atrás lo malo. Sin embargo, cuando se apagan las llamas, la realidad vuelve a imponerse con crudeza: inseguridad, pobreza, desempleo y una profunda desconfianza en las instituciones. El problema no es la falta de esperanza del pueblo, sino la reiterada incapacidad del gobierno para responder a las necesidades sociales más urgentes.
Durante el 2025, el gobierno de Daniel Noboa demostró una alarmante desconexión con la realidad cotidiana de la mayoría de los ecuatorianos. Mientras hablaba de modernización y seguridad, en la práctica se consolidó un modelo que protege a las élites económicas, sacrificando los derechos colectivos. La violencia creció hasta ubicarnos entre los países más inseguros del mundo, sin que existan políticas integrales para enfrentar las causas estructurales del narcotráfico, la exclusión y la falta de oportunidades.
La economía familiar es otro reflejo del fracaso gubernamental. El empleo digno escasea, el trabajo informal se expande y los salarios ya no alcanzan para cubrir ni una parte significativa de la canasta básica. En lugar de fortalecer los servicios públicos, estos funcionan cada vez peor, alimentando la narrativa de que la privatización es la única salida. Salud y educación, derechos fundamentales, se convierten así en privilegios para quienes pueden pagarlos.
En educación persiste una cobertura desigual, con brechas urbano-rurales, infraestructura deteriorada y escasos recursos pedagógicos. La formación docente carece de actualización y estabilidad, afectando el aprendizaje. Continúan la deserción y el rezago escolar asociados a la pobreza. La educación superior enfrenta desfinanciamientos, que limitan el acceso en igualdad de oportunidades, la investigación, la innovación y el desarrollo nacional.
El Estado neoliberal, una vez más, ha renunciado a su responsabilidad social. El Año Nuevo llega con los mismos problemas de siempre: inseguridad, pobreza, desempleo y precariedad. El Año Nuevo no borra deudas ni cicatrices sociales; las traslada, incluso a crédito, para el 2026 y los años siguientes.
Pero el Año Nuevo también abre la posibilidad de organizarse, participar y exigir un rumbo distinto. Superar este modelo excluyente demanda unidad, conciencia crítica y una ciudadanía activa. Solo así se dejará de repetir la crisis para marcar, finalmente, un comienzo esperanzador.
Que el 2026 encuentre a las familias en armonía y al pueblo ecuatoriano unido, organizado y en pie de lucha para construir un proyecto emancipador que nazca de la conciencia popular.