Bajo
la fachada discursiva de la “seguridad”, el presidente Noboa impone la
militarización del territorio y la criminalización de la protesta contra las
organizaciones populares, indígenas y sindicales. No presenciamos un plan de
paz, sino un ajuste estructural violento que precariza el trabajo juvenil,
privatiza servicios públicos y entrega nuestra soberanía a los dictámenes del
FMI. El régimen, carcelero de los intereses de la burguesía utiliza los estados
de excepción perpetuos no para proteger al pueblo, sino para blindar el saqueo
de recursos y silenciar la resistencia social desde la base.
Las estadísticas confirman esta gravísima crisis
estructural. En julio, el pesimismo ciudadano alcanza el setenta y ocho por
ciento frente a un exiguo optimismo, reflejando un estado de ánimo de
resignación y constante miedo. La inseguridad se consolida como la causa
principal de este malestar colectivo, desplazando paulatinamente la indignación
social. Esto se articula con una deslegitimación profunda del Ejecutivo, que
muestra una incapacidad orgánica para proveer la protección social que las
familias ecuatorianas demandan.
La narrativa oficial del régimen de Daniel Noboa, destaca
como “éxitos” el incremento de depósitos bancarios, reservas récord, la baja
del riesgo país y menor pobreza. Sin embargo, al someter estos datos a una
lectura sociocrítica, se evidencia que, en la economía real, no generan empleo
ni mejoran el poder adquisitivo. La acumulación de depósitos responde al
extractivismo social de las remesas por migración forzada y al
sobreendeudamiento en tarjetas de crédito para subsistencia básica. Asimismo,
la reducción del riesgo país prioriza la tasa de ganancia del capital
financiero especulativo a costa de la austeridad fiscal y el vaciamiento
presupuestario en salud, educación y obra pública.
Frente a esta realidad de despojo, es urgente
fortalecer la solidaridad entre los pueblos que resisten a las agresiones de la
derecha y rechazar las políticas coercitivas a los municipios empleadas como
chantaje. Los sectores populares empiezan a elevar la denuncia contra un modelo
de desarrollo basado en el beneficio capitalista que pone en riesgo la
supervivencia de las mayorías.
En este horizonte de conflictividad, la memoria
histórica de las luchas sociales reafirma que la subalternidad no es
permanente. La reactivación de la organización comunitaria y el poder popular
se erige como la única garantía para exigir trabajo digno, seguridad integral,
el cese de la violencia estatal y la restitución plena de las garantías
democráticas.