viernes, 14 de agosto de 2026
Ni la farsa electoral ni el terror de Estado someterán la dignidad del pueblo
viernes, 7 de agosto de 2026
El Ecuador plurinacional frente al saqueo privatizador de la oligarquía
Al escuchar las noticias de cada mañana, parecería que
existe un solo Ecuador; pero parafraseando la obra “Vosotros tenéis vuestro
Líbano y yo tengo el mío” de Gibran Kahlil, en realidad convivimos en dos
países.
Vosotros tenéis vuestro
Ecuador... y yo tengo el mío. El vuestro es el Ecuador de las tribunas, de los
directorios bancarios, de las disputas de paso y los fríos cálculos políticos
de una burguesía insaciable. El mío es el Ecuador natural en toda su belleza:
desde las aguas del Pacífico hasta los ríos profundos de la Amazonía, pasando
por el abrazo rebelde de la cordillera.
Vosotros
tenéis vuestro Ecuador con sus programas del Fondo Monetario Internacional, sus
promesas incumplidas, sus privilegios de cuna y sus repartos de la riqueza
nacional; yo tengo el mío con sus sueños intactos, sus mingas comunitarias, sus
sindicatos insurgentes y sus esperanzas sembradas con sudor en la tierra.
Vuestro
Ecuador es un enmarañado nudo de crisis que la codicia intenta profundizar. Un
mapa atrapado en titulares internacionales, saqueado por los intereses del
capital transnacional y desgarrado por la violencia que nace de las
desigualdades sociales. Vuestro Ecuador es una mezquina partida de ajedrez
entre los centros de poder oligárquico y los espejismos del oportunismo
neoliberal.
Mi
Ecuador... mi Ecuador es el agricultor que reclina la cabeza tras la dura
jornada a la sombra majestuosa del cerro o la montaña, exigiendo precio justo
para su cosecha. Mi Ecuador es la madre trabajadora que teje el futuro en la
frialdad del páramo, el artesano que moldea la identidad popular con sus manos
curtidas, el desempleado que madruga a buscar el pan diario sin más amparo que
su propia dignidad.
Vosotros
tenéis el Ecuador de las privatizaciones, de la evasión fiscal y del odio de
clase disfrazado de civismo. Yo tengo el Ecuador del pueblo plurinacional, de
los estudiantes que llenan las calles defendiendo la universidad pública, de
los obreros que construyen los cimientos de la patria sin recibir jamás el
fruto entero de su trabajo.
Vosotros
tenéis el Ecuador de las oligarquías y la burocracia, que se creen poderosas e
iluminadas, pero se muestran débiles y sumisas ante el imperialismo. Yo tengo
el Ecuador que con la dignidad heroica de quienes aman a la Patria luchan por
trabajo digno, seguridad y por transformar la historia.
viernes, 31 de julio de 2026
El pesimismo y la inseguridad reflejan el fracaso del gobierno
Bajo
la fachada discursiva de la “seguridad”, el presidente Noboa impone la
militarización del territorio y la criminalización de la protesta contra las
organizaciones populares, indígenas y sindicales. No presenciamos un plan de
paz, sino un ajuste estructural violento que precariza el trabajo juvenil,
privatiza servicios públicos y entrega nuestra soberanía a los dictámenes del
FMI. El régimen, carcelero de los intereses de la burguesía utiliza los estados
de excepción perpetuos no para proteger al pueblo, sino para blindar el saqueo
de recursos y silenciar la resistencia social desde la base.
Las estadísticas confirman esta gravísima crisis
estructural. En julio, el pesimismo ciudadano alcanza el setenta y ocho por
ciento frente a un exiguo optimismo, reflejando un estado de ánimo de
resignación y constante miedo. La inseguridad se consolida como la causa
principal de este malestar colectivo, desplazando paulatinamente la indignación
social. Esto se articula con una deslegitimación profunda del Ejecutivo, que
muestra una incapacidad orgánica para proveer la protección social que las
familias ecuatorianas demandan.
La narrativa oficial del régimen de Daniel Noboa, destaca
como “éxitos” el incremento de depósitos bancarios, reservas récord, la baja
del riesgo país y menor pobreza. Sin embargo, al someter estos datos a una
lectura sociocrítica, se evidencia que, en la economía real, no generan empleo
ni mejoran el poder adquisitivo. La acumulación de depósitos responde al
extractivismo social de las remesas por migración forzada y al
sobreendeudamiento en tarjetas de crédito para subsistencia básica. Asimismo,
la reducción del riesgo país prioriza la tasa de ganancia del capital
financiero especulativo a costa de la austeridad fiscal y el vaciamiento
presupuestario en salud, educación y obra pública.
Frente a esta realidad de despojo, es urgente
fortalecer la solidaridad entre los pueblos que resisten a las agresiones de la
derecha y rechazar las políticas coercitivas a los municipios empleadas como
chantaje. Los sectores populares empiezan a elevar la denuncia contra un modelo
de desarrollo basado en el beneficio capitalista que pone en riesgo la
supervivencia de las mayorías.
En este horizonte de conflictividad, la memoria
histórica de las luchas sociales reafirma que la subalternidad no es
permanente. La reactivación de la organización comunitaria y el poder popular
se erige como la única garantía para exigir trabajo digno, seguridad integral,
el cese de la violencia estatal y la restitución plena de las garantías
democráticas.
viernes, 24 de julio de 2026
Del anestésico del fútbol a la cancha barrial donde el grito de gol sea una demanda de justicia, dignidad y soberanía popular
viernes, 17 de julio de 2026
La República de Platón y el timón corporativo de Daniel Noboa
El naufragio de un país no ocurre por la fuerza de las
olas, sino por la impericia y el egoísmo de quienes asumen el timón. Cuando
Platón en su célebre obra “La República” concibió la alegoría del barco, describió un escenario trágicamente idéntico al que hoy desgarra al
Ecuador: una tripulación de demagogos que asalta el poder no para guiar la nave
hacia un puerto seguro, sino para saquear las bodegas en beneficio propio. En
el contexto ecuatoriano actual, la metáfora cobra una vigencia devastadora bajo
el gobierno de Daniel Noboa.
El relato platónico nos habla que el dueño del barco es
el pueblo cuyos sentidos han sido nublados por el marketing digital y las promesas
vacías de seguridad y empleo. Hoy, despojado el gobierno de su retórica
superficial, lo que queda a la vista es una crisis integral que se ahonda cada
día. El colapso del sistema eléctrico, el desmantelamiento de los servicios
públicos de salud y educación, y la galopante inseguridad no son accidentes propios
de la política; son el resultado de priorizar la agenda corporativa por encima
de la vida de las mayorías.
El dolor de este naufragio está desigualmente
repartido. Quienes habitan en los sectores más desposeídos y olvidados del
país, enfrentan el peso diario del desempleo y el abandono estatal. Para ellos,
no hay balsas de salvamento. Sin embargo, en la primera clase del barco, los
grandes grupos económicos y la banca privada siguen acumulando beneficios mediante
condonaciones tributarias y políticas hechas a la medida del capital
transnacional. El modelo de Noboa profundiza la histórica brecha de
desigualdad: se privatizan las ganancias y se socializan las pérdidas.
Los “marineros” de Carondelet que hoy gobiernan
desprecian el verdadero arte de la navegación, las políticas públicas y el
bienestar común. Para ellos, el timón es solo una herramienta de acumulación.
La sensatez económica y la empatía social son tratadas con el mismo desdén con
el que la tripulación platónica se burlaba del verdadero piloto.
Ecuador no necesita más capitanes de ultramar
enfocados en salvar sus propios yates mientras el resto de la tripulación se
ahoga. Urge arrebatar el timón a la demagogia neoliberal y devolverlo a un
proyecto colectivo que entienda que un barco solo avanza de verdad cuando
protege a los más vulnerables en la cubierta.
viernes, 10 de julio de 2026
Seguridad y bienestar, dos caras de una misma realidad social
“Vamos a juntar las manos para poder ser verdaderamente hermanos” y confrontar tanto las balas del crimen como el engaño silencioso del gobierno.
La narrativa oficial insiste en vendernos la idea de
que el lacerante desempleo, la pobreza que devora los hogares y la violencia
que desangra nuestras calles son simples “efectos colaterales” del
narcotráfico. Pero quienes vivimos la realidad sabemos que no es así; sino que
es la consumación de un proyecto de ultraderecha encarnado por el gobierno
empresarial de Daniel Noboa, donde el autoritarismo y el neoliberalismo se dan
la mano para sostener un orden social de crueldad.
Estamos presenciando la crisis del modelo neoliberal
como forma de dominación. Donde las falsas promesas del libre mercado dejan de
producir obediencia y consenso en la población. El Estado burgués abandona su máscara
democrática y ya no busca integrar las demandas populares ni construir
hegemonía; reaparece con todo su peso coercitivo para repolitizar la lucha de
clases desde arriba. La mal llamada “guerra interna contra las drogas” no es
más que una declaración de guerra contra los sectores populares y los
territorios históricamente abandonados.
El régimen noboísta opera con una doble perversidad.
Por un lado, despliega el uso espectacular y militarizado de la violencia, la
normalización de la fuerza letal y la intervención carcelaria como un circo
punitivo para el aplauso de las élites. Por el otro, ejecuta lo que el marxismo
define como la coacción muda del capital, una violencia silenciosa que se
materializa en el retiro del Estado social, la precarización extrema y la total
ausencia de alternativas. Se obliga al pueblo a vivir en condiciones de
miseria.
Así, la ultraderecha vacía de contenido la democracia
sin necesidad de suspenderla formalmente. La administración de Noboa ensambla a
la perfección el mercado, “la restauración conservadora” y la fuerza bruta. Se
utiliza el discurso de la seguridad como un objetivo político para privatizar
la crisis y reorganizar el sentido común, pretendiendo que el orden familiar y
la obediencia resuelvan lo que el Estado destruyó.
Sin embargo, esta situación de crueldad tiene un
límite. Cuando el subempleo ya no alcanza para comer y la violencia estatal
desborda los territorios, el conflicto reaparece. Ante un orden social
inviable, la resistencia popular tiene la obligación urgente de disputar el
sentido común. No se puede aislar la inseguridad de la pobreza; es
indispensable “juntar las manos para poder ser verdaderamente hermanos” y confrontar
tanto las balas del crimen como el engaño silencioso del gobierno.
viernes, 3 de julio de 2026
Nueva gramática de los sectores populares
En las calles y en las redes sociales, el pueblo exige unidad para enfrentar las injusticias y reconquistar los derechos.
La gestión actual del gobierno del presidente Noboa, opera bajo la lógica de "pan y circo", utilizando medidas festivas y el orgullo futbolístico para narcotizar el descontento y recobrar popularidad. Intentan desviar la atención de problemas graves como la crisis de inseguridad, las dificultades económicas y los pedidos de revocatoria ante el CNE. Sin embargo, la historia de los pueblos no se escribe con resignación, sino con el impulso soberano de la movilización. En este crítico escenario de Ecuador, azotado por un modelo neoliberal indolente y la penetración del crimen organizado, la protesta social emerge como la gramática política indispensable de las mayorías.
Movilizarse hoy es disputar el sentido de un país donde las élites y las mafias pretenden normalizar la precariedad laboral, los apagones, la migración forzada y el abandono de la salud y educación pública. Las calles son el yunque que forja el dolor individual en poder popular organizado. Allí donde los discursos oficiales intentan consolidar el ajuste, la unidad de obreros, campesinos, maestros, estudiantes, diversidades y el movimiento indígena levanta un muro de resistencia. Esta articulación es vital frente a la criminalización de la protesta, disfrazada en estados de excepción que militarizan campos y ciudades para proteger al gran capital y a la minería transnacional, mientras la inseguridad real sigue impune. Son las comunidades rurales, afrodescendientes y mujeres quienes sostienen la vida, asumiendo el trabajo informal y los cuidados.
No obstante, la fisonomía de la insurgencia contemporánea se ha transformado; la ocupación de las calles hoy es indisoluble del espacio virtual. Aunque las plataformas sufren la manipulación y el odio financiado por la derecha para deslegitimar la lucha, constituyen una infraestructura crucial. A través de coberturas colaborativas, las redes permiten romper el cerco mediático, internacionalizar reclamos y traducir el descontento en fuerza estratégica.
El verdadero reto radica en sostener esa continuidad organizativa más allá del estallido efímero. La articulación entre la planificación digital y el aguante en el asfalto es la clave para desmontar desigualdades estructurales. Mientras las injusticias persistan, sigue vigente la organización de las masas con una posición soberana y antiimperialista frente a las recetas del FMI. La rebeldía arraigada en la identidad constituye la única garantía real para reconquistar los derechos fundamentales arrebatados por la burguesía. Solo la unidad organizativa edificará un país justo donde la dignidad humana sea la regla.
viernes, 26 de junio de 2026
Cuando el descontento popular se vuelve organización
A los sectores populares, aún nos queda la inquebrantable moral revolucionaria, antes de cruzamos de brazos y ser cómplices de una oligarquía cleptómana…
Hacer política desde los sectores populares nunca ha sido un oficio cómodo; es, fundamentalmente, un compromiso que nos obliga a vivir entre “la náusea y la angustia”. Así lo entendía el dirigente español Julio Anguita, cuya lucidez nos sirve hoy para desnudar la realidad de un Ecuador sumido en una crisis profunda, donde el sistema no sufre un fallo temporal, sino una descomposición estructural.
Al evocar la “náusea
sartreana”, Anguita describía el asco físico y moral ante la podredumbre. En el
Ecuador actual, esa náusea estalla al ver un Estado infiltrado por el crimen
organizado, instituciones secuestradas por mafias y una justicia arrodillada
ante el poder. Sentimos ganas de vomitar cuando los hospitales carecen de
medicinas, ante el desempleo, la migración forzada y una política contra la violencia
que pone en juego la soberanía nacional. Es la máxima expresión de la miseria
moral de una clase gobernante que se lava las manos mientras los recursos
públicos se desvían en contratos corruptos.
Lo alarmante es que el relato oficial y los grandes medios hegemónicos aplauden esta profunda indolencia como el simple “juego de la democracia”. Julio Anguita denomina esto como la mala fe de los gobernantes que se escudan en la intrincada burocracia para evadir su responsabilidad histórica. Afirma que el verdadero peligro es ideológico: “la anestesia social, que nos ha habituado a caminar entre cadáveres y corrupción como si fueran el paisaje natural del poder”.
Aquí es donde la náusea se transforma en angustia existencial, al reconocer que todos somos responsables del país que habitamos. La destrucción del tejido social no constituye un desastre natural, sino el resultado directo de la persecución estatal. Si nos cruzamos de brazos, el silencio nos convierte en cómplices de una oligarquía dedicada al latrocinio de los bienes públicos. Al pueblo le toca elegir entre tolerar la deshonestidad o transformar esa dolorosa realidad social.
Frente al cinismo que destruye la patria, la vigencia del pensamiento de Julio Anguita exige coherencia y un programa claro. La indignación pasiva en redes sociales debe transformarse en organización firme y conciencia popular. Contra la miseria burguesa, nos queda la inquebrantable moral revolucionaria y la unidad ciudadana, a fin de superar el asco institucional para recuperar, nuestra dignidad y soberanía nacional; y finalmente, construir una sociedad más justa.