viernes, 2 de octubre de 2026
Autoritarismo y concentración de poder contra el pueblo
viernes, 25 de septiembre de 2026
La salud pública entre el colapso y la propaganda proselitista
El
derecho a la salud en Ecuador ha sido reducido a un ejercicio de propaganda e
improvisación. Tras casi tres años de gestión, el gobierno de Daniel Noboa no
solo ratifica la inoperancia para resolver la crisis del sistema sanitario,
sino que perpetúa un discurso de excusas que evade responsabilidades. Promesas
incumplidas, recortes presupuestarios drásticos y una escandalosa inestabilidad
ministerial, –ocho titulares en la cartera de Salud en apenas tres años–,
demuestran que la salud pública jamás fue una prioridad técnica, sino un
fusible político.
La narrativa oficial culpa reiteradamente a la
corrupción en bodegas, a la falta de traductores para compras en la India, e
incluso culpa a los propios médicos, acusándolos de recetar medicinas
inexistentes en lugar de reconocer que los profesionales prescriben según la
necesidad del paciente. Mientras las autoridades se contradicen en cifras de
abastecimiento que ni ellos mismos logran sostener, las familias ecuatorianas
asumen el verdadero costo de este abandono: la precariedad ha llegado al extremo
de que empleados y pacientes deben organizar rifas para costear la alimentación
en los hospitales. La falta de fármacos básicos y la suspensión de terapias
vitales en la red pública no son simples fallas administrativas; son una
vulneración flagrante a los derechos humanos.
Es cierto que el Ecuador arrastra una falla sistémica
e histórica en su arquitectura sanitaria. Tanto el Ministerio de Salud Pública
como el Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social padecen una asfixia
financiera, agravada por convenios caducos, deudas acumuladas con la red
privada complementaria y una gobernanza capturada por mafias políticas. Las
decisiones centralizadas, desprovistas de criterios técnicos y epidemiológicos,
han obligado a los sectores más vulnerables a costear con recursos propios
medicamentos e insumos, empobreciendo a los hogares y fragmentando el acceso a
la atención médica.
Esta parálisis operativa castiga de manera asimétrica
al territorio nacional, creando brechas inaceptables donde hospitales de
grandes centros urbanos sobreviven en niveles desastrosos de desabastecimiento.
La salud no se resuelve con anuncios de grandes compras, comités ineficaces ni
plataformas tecnológicas millonarias cuando la infraestructura básica y el
financiamiento operativo están quebrados. Como sociedad no podemos naturalizar
el traspaso del costo de la crisis a los pacientes. Defender la salud pública requiere
exigir transparencia en la distribución de los recursos, auditorías
independientes y una voluntad política real que ponga la dignidad de la vida
por encima de la retórica electoral y las disputas presupuestarias.
viernes, 18 de septiembre de 2026
Ecuador no es un Estado como Dios manda, sino como mandan la ciudadanía
“El Estado ecuatoriano debe sacudirse del yugo clerical, cumpliendo con la laicidad constitucional para emancipar la razón, garantizar los derechos ciudadanos y la soberanía popular.” José Peralta, político liberal cañari
El
artículo 1 de la Constitución ecuatoriana define con claridad meridiana al
Estado como un ente constitucional de derechos, justicia, soberanía y,
fundamentalmente, laico. Sin embargo, en la práctica política cotidiana, este
mandato fundamental parece ignorarse de manera sistemática. Gobiernan de
espaldas al mandato popular y a la soberanía ciudadana, subordinando el espacio
público a dogmas particulares que nada tienen que ver con las urgencias de los
sectores populares.
Parece que nuestros gobernantes aún no comprenden que
los preceptos religiosos pertenecen a la esfera íntima de los creyentes y no
pueden imponerse al conjunto de la sociedad. El Ecuador no se rige bajo
mandatos divinos, sino conforme a la voluntad de la ciudadanía, los derechos
humanos y el marco democrático. Esta contradicción histórica vulnera
flagrantemente el principio de neutralidad institucional y perpetúa privilegios
inaceptables para un país diverso.
Garantizar verdaderamente la libertad de conciencia y
la soberanía nacional exige revisar los viejos acuerdos con la Santa Sede que
hipotecan nuestra independencia. Asimismo, la neutralidad del Estado no es
negociable: las autoridades públicas y los medios estatales deben abstenerse de
participar en proselitismo religioso, recordando que el espacio público
pertenece a todos, sin distingos de fe.
La laicidad institucional debe traducirse en
conquistas tangibles para los sectores populares. Esto implica asegurar la
autonomía moral sobre el propio cuerpo mediante el acceso a derechos
reproductivos, la protección irrestricta de las infancias frente al
adoctrinamiento y a cualquier forma de abuso, y la eliminación de la
financiación pública a entidades religiosas. Los recursos fiscales deben
destinarse exclusivamente a resolver las necesidades sociales prioritarias, no
a sostener privilegios clericales.
Defender el carácter laico del Estado no es un capricho
ideológico, sino una condición indispensable para garantizar la igualdad y la
justicia social. Mientras los gobernantes sigan cediendo ante presiones
confesionales, las grandes mayorías populares seguirán cargando con el peso de
la desigualdad y la discriminación. Es urgente exigir el cumplimiento estricto
de la Constitución, recordando que un Estado verdaderamente democrático es
aquel que acoge a todas las personas por igual, sin dogmas que coarten sus
libertades ni poderes fácticos que pisoteen la soberanía popular.
La transformación del país exige un poder político
comprometido únicamente con los derechos humanos y el bienestar de su pueblo,
para ello es necesario articular desde las bases sociales una veeduría
ciudadana efectiva que frene la intromisión de los dogmas religiosos en las
políticas públicas del país.
viernes, 11 de septiembre de 2026
Privatización del futuro bajo la máscara del progreso
En nuestro país el caos tiene rostro y
apellido. Mientras el presidente Noboa vende una imagen de desarrollo “tiktokero”,
detrás se esconde la receta neoliberal de siempre, privatizar los servicios
sociales. Bajo el discurso de “eficiencia empresarial”, se intenta completar el
viejo sueño de las élites, convertir los derechos sociales en mercancías y el
Estado en una oficina de negocios. Pero lo nuevo de este ciclo no está solo en
sus políticas, sino en su estrategia comunicacional, en la manipulación
digital, en una verdadera reingeniería emocional del populismo de derecha.
Ecuador vive su propia versión de esa
guerra cultural algorítmica donde cada “like” se convierte en voto y cada “fake
news” o noticia falsa en dogma. Los asesores del poder ya no son tecnócratas
grises, sino influencers que fabrican consenso a punta de memes, trolls y
campañas de odio contra maestros, médicos y trabajadores públicos. La
precariedad se convierte en culpa individual; la pobreza, en ociosidad
personal. Noboa y sus operadores digitales no gobiernan solo con decretos, sino
con emociones como miedo al caos, resentimiento hacia lo público, ilusión de
“progreso”, etc.
El neoliberalismo ecuatoriano actual ya
no necesita tanques: tiene algoritmos. La promesa de privatizar la salud y la
educación se viste de modernización, pero en realidad busca lo mismo que
siempre: abrir espacios de lucro donde antes había derechos. Es el retorno del
Estado mínimo, camuflado de “innovación”. La juventud, precarizada y endeudada,
es bombardeada con mensajes que exaltan el emprendimiento individual mientras
se destruyen los sistemas colectivos de protección social.
Frente a esto, los sectores populares no
pueden limitarse a la denuncia ni al lamento moral. Es hora de recuperar el
lenguaje de la dignidad, unidad y solidaridad. Hay que reapropiarse de las
redes y convertirlas en trincheras de conciencia, no de cinismo. Organizar la
indignación para transformarla en poder colectivo, no en odio atomizado.
El desafío es doble: resistir la ofensiva privatizadora y desactivar la maquinaria digital del miedo. Porque si el neoliberalismo de Noboa se sostiene sobre la desinformación y la fragmentación, nuestra respuesta debe ser la unión y la claridad. Frente al capitalismo del espanto, el pueblo ecuatoriano tiene una tarea urgente: reinventar la esperanza, volver a creer en lo común y en lo público como acto de resistencia. Solo así el caos dejará de ser su arma, y volverá a ser nuestro campo de batalla.
viernes, 4 de septiembre de 2026
Inicio del año lectivo con aulas precarias y presupuesto ineficiente
Entre el discurso oficial de modernización y la realidad de planteles desatendidos, la educación pública ecuatoriana enfrenta una profunda crisis presupuestaria. El inicio de cada ciclo escolar suele prometer conectividad y capacitación, pero la práctica evidencia una brecha estructural inadmisible. Para quienes defendemos la educación fiscal, resulta inaceptable la distancia entre el gasto anunciado y la inversión real requerida para garantizar una enseñanza digna. Esta inconsistencia compromete directamente el futuro de miles de estudiantes.
El problema no radica solo en la escasez de recursos,
sino en su asignación ineficiente y el incumplimiento sistemático de la Carta
Magna que dispone un incremento progresivo del 0,5% anual del presupuesto
educativo hasta alcanzar el 6% del PIB; sin embargo, la asignación promedia
apenas un 3,6%, sobre el cual se aplican recortes recurrentes. Mientras las
autoridades destacan inversiones en mantenimiento, las cifras del propio sector
revelan un déficit de 65.000 docentes y un 50% de planteles sin internet
pedagógico.
A esta vulnerabilidad se suma el posible impacto
devastador del Fenómeno del Niño, cuyos temporales e inundaciones destruyen
periódicamente la infraestructura escolar. Sin fondos de contingencia eficaces,
el embate climático deja aulas anegadas, accesos colapsados y escuelas
inhabitables, obligando a suspender clases o improvisar recintos insalubres. La
crisis ambiental expone de forma implacable la falta de mantenimiento
preventivo y la incapacidad de respuesta estatal ante emergencias predecibles.
Esta desatención acumulada golpea directamente la
permanencia escolar y la equidad social. En los últimos cinco años, más de
330.000 alumnos han abandonado las aulas del sistema fiscal, azotados por la
pobreza, los desastres naturales, la migración y una ola de inseguridad
desgarradora. Ofrecer proyectos de inteligencia artificial o modernización
digital a un alumnado que carece de infraestructura básica, agua potable y
protección contra el crimen organizado representa un desajuste grotesco entre
las prioridades de la política pública y las urgencias territoriales.
Afrontar simultáneamente el deterioro climático, la
falta de maestros y los desafíos tecnológicos exige priorización estratégica.
El gasto educativo es un costo operativo imprescindible y fundamental para el
desarrollo humano y económico del país. Un Estado fiscalmente responsable debe
transparentar el uso de los fondos, cumplir la asignación constitucional y
garantizar que el presupuesto se traduzca en aulas resguardadas, docentes bien
remunerados y condiciones dignas de aprendizaje. Sin voluntad política para
blindar el presupuesto escolar, la modernización del sistema seguirá siendo una
promesa proselitista vacía.
viernes, 28 de agosto de 2026
Poder, democracia y unidad popular
“El gobierno es más efectivo en reducir a la oposición política que en combatir a la criminalidad organizada” Juanita Goebertus
Quienes asumimos el ejercicio de la opinión como un
compromiso irrenunciable con la defensa de la democracia, el Estado de derecho
y la transparencia, no podemos ser simples espectadores ante la progresiva
degradación de las garantías institucionales que sustentan la convivencia
democrática.
Esta dinámica de confrontación institucional sumada a
las recetas de ajuste fiscal, las reformas precarizadoras y la presión sobre
los sectores más vulnerables generan un malestar social latente que no puede
ser ignorado ni acallado con decretos. La historia reciente demuestra que la
imposición económica sin diálogo social es la antesala de estallidos de
protesta cuyos costos, humanos y democráticos, terminan siendo asumidos por los
sectores populares.
Juanita Goebertus, directora de Human Rights para las
Américas manifestó que le “impresiona cómo el gobierno parece estar siendo
más efectivo en reducir a la oposición política y a las organizaciones de la
sociedad civil, dejando muy tranquila a la criminalidad organizada que sigue
avanzando en el territorio.”
Resulta preocupante que el aparato estatal despliegue
una rigurosidad implacable para cercar la actividad política de la oposición y
monitorear el trabajo de las organizaciones sociales –incluso acusándolas del
lavado de activos–, mientras la ciudadanía demanda una respuesta más
contundente, estructurada y efectiva frente al avance del crimen organizado y
la violencia cotidiana.
La vigencia de una sociedad democrática no se mide
únicamente por la realización de elecciones, sino por la calidad de sus
garantías, el respeto a la pluralidad política y el equilibrio de poderes.
Defender la democracia implica exigir que el CNE actúe con absoluta
imparcialidad, que las reglas no se adapten a la conveniencia del gobernante de
turno, sino que sea el pueblo, en ejercicio pleno de su soberanía, quien decida
el destino del país. La democracia no es una dádiva concedida desde Carondelet,
es un derecho que se ejerce y defiende con participación ciudadana y unidad popular.
viernes, 21 de agosto de 2026
Gobierno sordo ante el llanto que habita en las esquinas
En las esquinas de nuestras ciudades es común presenciar escenas impactantes que reflejan una problemática desatendida. Niños pequeños descansan en las aceras mientras madres y abuelas con bebés en brazos intentan vender algo para subsistir. Asimismo, jóvenes realizan malabares frente a los semáforos esperando obtener algunas monedas. Más penoso es ver a niños vendiendo confites, niños que por su edad deberían estar en las aulas y no enfrentando la indolencia del Estado.
Aquel encuentro despierta un torbellino de
interrogantes que la conciencia colectiva suele esquivar. ¿Dónde están los padres?
¿Es un apoyo puntual o la cruel rutina de una familia acorralada por la
miseria? ¿Quién está mirando realmente?
El problema excede la responsabilidad individual del
hogar. La escuela va más allá de impartir contenidos académicos; constituye la
primera línea de contención social, un refugio donde la infancia encuentra
protección y oportunidades reales frente a la desidia gubernamental. Por otro
lado, la legislación ecuatoriana y el Código Orgánico de la Niñez y
Adolescencia pregonan un Sistema de Protección Integral, diseñado para prevenir
la vulneración de derechos, erradicar el trabajo infantil y movilizar a
instituciones como el MIES, la Defensoría del Pueblo o las Juntas Cantonales de
Protección.
Sin embargo, la burocracia dista de la realidad
territorial. ¿Quién ve a esos niños? ¿Quién interviene cuando la protección
estatal es una utopía? Si la madre se encuentra sola, sin ingresos dignos ni
empleo formal dentro de un modelo socioeconómico precarizador, la supervivencia
aplasta la infancia. ¿Qué ocurre cuando los mecanismos de asistencia no llegan
o sencillamente no existen para las familias desposeídas?
No es un caso aislado. Es la estampa recurrente de niños
que venden dulces en el transporte público o en las esquinas porque el padre
está privado de libertad y el hogar carece de subsidios reales. La solidaridad
comunitaria, como el gesto de quien compra el producto para regalarlo de vuelta
al infante y sugerirle volver a casa, es un parche noble, pero insuficiente
ante el abandono estructural.
El verdadero peligro radica cuando la precarización de
la niñez deja de generar indignación política y se asimila como una postal
urbana. Más allá de discursos oficiales y leyes archivadas, la pregunta de
fondo permanece: ¿en qué momento dejamos que el gobierno institucionalice la
explotación y necesidad infantil mientras mostramos un conformismo inhumano
ante esta flagrante señal de alarma social?
jueves, 20 de agosto de 2026
Rubén Ortega Jaramillo, entre la balanza de la justicia y el pulso de las letras.
El Dr.
Rubén Ortega Jaramillo, entre la balanza de la justicia y el pulso de las
letras.
Hombre,
sobrio, culto, humanista, generoso y comprometido con la dignidad de su tierra.
Nacido en el seno de una cuna ilustrada, su andar trazó un camino donde la ley no fue mera letra fría, sino un instrumento de equidad. En el ámbito judicial, su figura encarnó el rigor, la templanza y el apego irrestricto a la verdad.
Jamás descuidó el latido de su ciudad. En los años 1970
y 1974, como Alcalde de Loja, tradujo la vocación de servicio en obra tangible,
impulsando una gestión que priorizó el bienestar colectivo y el desarrollo
institucional. Como catedrático universitario, de viva voz contribuyo a la
formación de generaciones de juristas bajo el imperativo de la ética.
Con la paciencia franciscana y el celo del
historiador, escudriñó los archivos para rescatar del olvido las raigambres y
el patrimonio de la ciudad, fue el cronista, que le devolvió a Loja el brillo
de su propia identidad.
Hoy, la urbe que lo vio nacer y a la que sirvió, rinde justo homenaje póstumo a un ciudadano ilustre cuya huella perdurará como un legado imborrable en el corazón de los lojanos.
viernes, 14 de agosto de 2026
Ni la farsa electoral ni el terror de Estado someterán la dignidad del pueblo
viernes, 7 de agosto de 2026
El Ecuador plurinacional frente al saqueo privatizador de la oligarquía
Al escuchar las noticias de cada mañana, parecería que
existe un solo Ecuador; pero parafraseando la obra “Vosotros tenéis vuestro
Líbano y yo tengo el mío” de Gibran Kahlil, en realidad convivimos en dos
países.
Vosotros tenéis vuestro
Ecuador... y yo tengo el mío. El vuestro es el Ecuador de las tribunas, de los
directorios bancarios, de las disputas de paso y los fríos cálculos políticos
de una burguesía insaciable. El mío es el Ecuador natural en toda su belleza:
desde las aguas del Pacífico hasta los ríos profundos de la Amazonía, pasando
por el abrazo rebelde de la cordillera.
Vosotros
tenéis vuestro Ecuador con sus programas del Fondo Monetario Internacional, sus
promesas incumplidas, sus privilegios de cuna y sus repartos de la riqueza
nacional; yo tengo el mío con sus sueños intactos, sus mingas comunitarias, sus
sindicatos insurgentes y sus esperanzas sembradas con sudor en la tierra.
Vuestro
Ecuador es un enmarañado nudo de crisis que la codicia intenta profundizar. Un
mapa atrapado en titulares internacionales, saqueado por los intereses del
capital transnacional y desgarrado por la violencia que nace de las
desigualdades sociales. Vuestro Ecuador es una mezquina partida de ajedrez
entre los centros de poder oligárquico y los espejismos del oportunismo
neoliberal.
Mi
Ecuador... mi Ecuador es el agricultor que reclina la cabeza tras la dura
jornada a la sombra majestuosa del cerro o la montaña, exigiendo precio justo
para su cosecha. Mi Ecuador es la madre trabajadora que teje el futuro en la
frialdad del páramo, el artesano que moldea la identidad popular con sus manos
curtidas, el desempleado que madruga a buscar el pan diario sin más amparo que
su propia dignidad.
Vosotros
tenéis el Ecuador de las privatizaciones, de la evasión fiscal y del odio de
clase disfrazado de civismo. Yo tengo el Ecuador del pueblo plurinacional, de
los estudiantes que llenan las calles defendiendo la universidad pública, de
los obreros que construyen los cimientos de la patria sin recibir jamás el
fruto entero de su trabajo.
Vosotros
tenéis el Ecuador de las oligarquías y la burocracia, que se creen poderosas e
iluminadas, pero se muestran débiles y sumisas ante el imperialismo. Yo tengo
el Ecuador que con la dignidad heroica de quienes aman a la Patria luchan por
trabajo digno, seguridad y por transformar la historia.
viernes, 31 de julio de 2026
El pesimismo y la inseguridad reflejan el fracaso del gobierno
Bajo
la fachada discursiva de la “seguridad”, el presidente Noboa impone la
militarización del territorio y la criminalización de la protesta contra las
organizaciones populares, indígenas y sindicales. No presenciamos un plan de
paz, sino un ajuste estructural violento que precariza el trabajo juvenil,
privatiza servicios públicos y entrega nuestra soberanía a los dictámenes del
FMI. El régimen, carcelero de los intereses de la burguesía utiliza los estados
de excepción perpetuos no para proteger al pueblo, sino para blindar el saqueo
de recursos y silenciar la resistencia social desde la base.
Las estadísticas confirman esta gravísima crisis
estructural. En julio, el pesimismo ciudadano alcanza el setenta y ocho por
ciento frente a un exiguo optimismo, reflejando un estado de ánimo de
resignación y constante miedo. La inseguridad se consolida como la causa
principal de este malestar colectivo, desplazando paulatinamente la indignación
social. Esto se articula con una deslegitimación profunda del Ejecutivo, que
muestra una incapacidad orgánica para proveer la protección social que las
familias ecuatorianas demandan.
La narrativa oficial del régimen de Daniel Noboa, destaca
como “éxitos” el incremento de depósitos bancarios, reservas récord, la baja
del riesgo país y menor pobreza. Sin embargo, al someter estos datos a una
lectura sociocrítica, se evidencia que, en la economía real, no generan empleo
ni mejoran el poder adquisitivo. La acumulación de depósitos responde al
extractivismo social de las remesas por migración forzada y al
sobreendeudamiento en tarjetas de crédito para subsistencia básica. Asimismo,
la reducción del riesgo país prioriza la tasa de ganancia del capital
financiero especulativo a costa de la austeridad fiscal y el vaciamiento
presupuestario en salud, educación y obra pública.
Frente a esta realidad de despojo, es urgente
fortalecer la solidaridad entre los pueblos que resisten a las agresiones de la
derecha y rechazar las políticas coercitivas a los municipios empleadas como
chantaje. Los sectores populares empiezan a elevar la denuncia contra un modelo
de desarrollo basado en el beneficio capitalista que pone en riesgo la
supervivencia de las mayorías.
En este horizonte de conflictividad, la memoria
histórica de las luchas sociales reafirma que la subalternidad no es
permanente. La reactivación de la organización comunitaria y el poder popular
se erige como la única garantía para exigir trabajo digno, seguridad integral,
el cese de la violencia estatal y la restitución plena de las garantías
democráticas.
viernes, 24 de julio de 2026
Del anestésico del fútbol a la cancha barrial donde el grito de gol sea una demanda de justicia, dignidad y soberanía popular
viernes, 17 de julio de 2026
La República de Platón y el timón corporativo de Daniel Noboa
El naufragio de un país no ocurre por la fuerza de las
olas, sino por la impericia y el egoísmo de quienes asumen el timón. Cuando
Platón en su célebre obra “La República” concibió la alegoría del barco, describió un escenario trágicamente idéntico al que hoy desgarra al
Ecuador: una tripulación de demagogos que asalta el poder no para guiar la nave
hacia un puerto seguro, sino para saquear las bodegas en beneficio propio. En
el contexto ecuatoriano actual, la metáfora cobra una vigencia devastadora bajo
el gobierno de Daniel Noboa.
El relato platónico nos habla que el dueño del barco es
el pueblo cuyos sentidos han sido nublados por el marketing digital y las promesas
vacías de seguridad y empleo. Hoy, despojado el gobierno de su retórica
superficial, lo que queda a la vista es una crisis integral que se ahonda cada
día. El colapso del sistema eléctrico, el desmantelamiento de los servicios
públicos de salud y educación, y la galopante inseguridad no son accidentes propios
de la política; son el resultado de priorizar la agenda corporativa por encima
de la vida de las mayorías.
El dolor de este naufragio está desigualmente
repartido. Quienes habitan en los sectores más desposeídos y olvidados del
país, enfrentan el peso diario del desempleo y el abandono estatal. Para ellos,
no hay balsas de salvamento. Sin embargo, en la primera clase del barco, los
grandes grupos económicos y la banca privada siguen acumulando beneficios mediante
condonaciones tributarias y políticas hechas a la medida del capital
transnacional. El modelo de Noboa profundiza la histórica brecha de
desigualdad: se privatizan las ganancias y se socializan las pérdidas.
Los “marineros” de Carondelet que hoy gobiernan
desprecian el verdadero arte de la navegación, las políticas públicas y el
bienestar común. Para ellos, el timón es solo una herramienta de acumulación.
La sensatez económica y la empatía social son tratadas con el mismo desdén con
el que la tripulación platónica se burlaba del verdadero piloto.
Ecuador no necesita más capitanes de ultramar
enfocados en salvar sus propios yates mientras el resto de la tripulación se
ahoga. Urge arrebatar el timón a la demagogia neoliberal y devolverlo a un
proyecto colectivo que entienda que un barco solo avanza de verdad cuando
protege a los más vulnerables en la cubierta.
viernes, 10 de julio de 2026
Seguridad y bienestar, dos caras de una misma realidad social
“Vamos a juntar las manos para poder ser verdaderamente hermanos” y confrontar tanto las balas del crimen como el engaño silencioso del gobierno.
La narrativa oficial insiste en vendernos la idea de
que el lacerante desempleo, la pobreza que devora los hogares y la violencia
que desangra nuestras calles son simples “efectos colaterales” del
narcotráfico. Pero quienes vivimos la realidad sabemos que no es así; sino que
es la consumación de un proyecto de ultraderecha encarnado por el gobierno
empresarial de Daniel Noboa, donde el autoritarismo y el neoliberalismo se dan
la mano para sostener un orden social de crueldad.
Estamos presenciando la crisis del modelo neoliberal
como forma de dominación. Donde las falsas promesas del libre mercado dejan de
producir obediencia y consenso en la población. El Estado burgués abandona su máscara
democrática y ya no busca integrar las demandas populares ni construir
hegemonía; reaparece con todo su peso coercitivo para repolitizar la lucha de
clases desde arriba. La mal llamada “guerra interna contra las drogas” no es
más que una declaración de guerra contra los sectores populares y los
territorios históricamente abandonados.
El régimen noboísta opera con una doble perversidad.
Por un lado, despliega el uso espectacular y militarizado de la violencia, la
normalización de la fuerza letal y la intervención carcelaria como un circo
punitivo para el aplauso de las élites. Por el otro, ejecuta lo que el marxismo
define como la coacción muda del capital, una violencia silenciosa que se
materializa en el retiro del Estado social, la precarización extrema y la total
ausencia de alternativas. Se obliga al pueblo a vivir en condiciones de
miseria.
Así, la ultraderecha vacía de contenido la democracia
sin necesidad de suspenderla formalmente. La administración de Noboa ensambla a
la perfección el mercado, “la restauración conservadora” y la fuerza bruta. Se
utiliza el discurso de la seguridad como un objetivo político para privatizar
la crisis y reorganizar el sentido común, pretendiendo que el orden familiar y
la obediencia resuelvan lo que el Estado destruyó.
Sin embargo, esta situación de crueldad tiene un
límite. Cuando el subempleo ya no alcanza para comer y la violencia estatal
desborda los territorios, el conflicto reaparece. Ante un orden social
inviable, la resistencia popular tiene la obligación urgente de disputar el
sentido común. No se puede aislar la inseguridad de la pobreza; es
indispensable “juntar las manos para poder ser verdaderamente hermanos” y confrontar
tanto las balas del crimen como el engaño silencioso del gobierno.
viernes, 3 de julio de 2026
Nueva gramática de los sectores populares
En las calles y en las redes sociales, el pueblo exige unidad para enfrentar las injusticias y reconquistar los derechos.
La gestión actual del gobierno del presidente Noboa, opera bajo la lógica de "pan y circo", utilizando medidas festivas y el orgullo futbolístico para narcotizar el descontento y recobrar popularidad. Intentan desviar la atención de problemas graves como la crisis de inseguridad, las dificultades económicas y los pedidos de revocatoria ante el CNE. Sin embargo, la historia de los pueblos no se escribe con resignación, sino con el impulso soberano de la movilización. En este crítico escenario de Ecuador, azotado por un modelo neoliberal indolente y la penetración del crimen organizado, la protesta social emerge como la gramática política indispensable de las mayorías.
Movilizarse hoy es disputar el sentido de un país donde las élites y las mafias pretenden normalizar la precariedad laboral, los apagones, la migración forzada y el abandono de la salud y educación pública. Las calles son el yunque que forja el dolor individual en poder popular organizado. Allí donde los discursos oficiales intentan consolidar el ajuste, la unidad de obreros, campesinos, maestros, estudiantes, diversidades y el movimiento indígena levanta un muro de resistencia. Esta articulación es vital frente a la criminalización de la protesta, disfrazada en estados de excepción que militarizan campos y ciudades para proteger al gran capital y a la minería transnacional, mientras la inseguridad real sigue impune. Son las comunidades rurales, afrodescendientes y mujeres quienes sostienen la vida, asumiendo el trabajo informal y los cuidados.
No obstante, la fisonomía de la insurgencia contemporánea se ha transformado; la ocupación de las calles hoy es indisoluble del espacio virtual. Aunque las plataformas sufren la manipulación y el odio financiado por la derecha para deslegitimar la lucha, constituyen una infraestructura crucial. A través de coberturas colaborativas, las redes permiten romper el cerco mediático, internacionalizar reclamos y traducir el descontento en fuerza estratégica.
El verdadero reto radica en sostener esa continuidad organizativa más allá del estallido efímero. La articulación entre la planificación digital y el aguante en el asfalto es la clave para desmontar desigualdades estructurales. Mientras las injusticias persistan, sigue vigente la organización de las masas con una posición soberana y antiimperialista frente a las recetas del FMI. La rebeldía arraigada en la identidad constituye la única garantía real para reconquistar los derechos fundamentales arrebatados por la burguesía. Solo la unidad organizativa edificará un país justo donde la dignidad humana sea la regla.
viernes, 26 de junio de 2026
Cuando el descontento popular se vuelve organización
A los sectores populares, aún nos queda la inquebrantable moral revolucionaria, antes de cruzamos de brazos y ser cómplices de una oligarquía cleptómana…
Hacer política desde los sectores populares nunca ha sido un oficio cómodo; es, fundamentalmente, un compromiso que nos obliga a vivir entre “la náusea y la angustia”. Así lo entendía el dirigente español Julio Anguita, cuya lucidez nos sirve hoy para desnudar la realidad de un Ecuador sumido en una crisis profunda, donde el sistema no sufre un fallo temporal, sino una descomposición estructural.
Al evocar la “náusea
sartreana”, Anguita describía el asco físico y moral ante la podredumbre. En el
Ecuador actual, esa náusea estalla al ver un Estado infiltrado por el crimen
organizado, instituciones secuestradas por mafias y una justicia arrodillada
ante el poder. Sentimos ganas de vomitar cuando los hospitales carecen de
medicinas, ante el desempleo, la migración forzada y una política contra la violencia
que pone en juego la soberanía nacional. Es la máxima expresión de la miseria
moral de una clase gobernante que se lava las manos mientras los recursos
públicos se desvían en contratos corruptos.
Lo alarmante es que el relato oficial y los grandes medios hegemónicos aplauden esta profunda indolencia como el simple “juego de la democracia”. Julio Anguita denomina esto como la mala fe de los gobernantes que se escudan en la intrincada burocracia para evadir su responsabilidad histórica. Afirma que el verdadero peligro es ideológico: “la anestesia social, que nos ha habituado a caminar entre cadáveres y corrupción como si fueran el paisaje natural del poder”.
Aquí es donde la náusea se transforma en angustia existencial, al reconocer que todos somos responsables del país que habitamos. La destrucción del tejido social no constituye un desastre natural, sino el resultado directo de la persecución estatal. Si nos cruzamos de brazos, el silencio nos convierte en cómplices de una oligarquía dedicada al latrocinio de los bienes públicos. Al pueblo le toca elegir entre tolerar la deshonestidad o transformar esa dolorosa realidad social.
Frente al cinismo que destruye la patria, la vigencia del pensamiento de Julio Anguita exige coherencia y un programa claro. La indignación pasiva en redes sociales debe transformarse en organización firme y conciencia popular. Contra la miseria burguesa, nos queda la inquebrantable moral revolucionaria y la unidad ciudadana, a fin de superar el asco institucional para recuperar, nuestra dignidad y soberanía nacional; y finalmente, construir una sociedad más justa.