viernes, 23 de enero de 2026

O se está del lado de la soberanía y la vida, o del lado de la sumisión y la muerte

"La soberanía no se negocia; tampoco se aplaude la vileza de llamar a que agredan a la patria" Doseret

Nunca antes en la historia contemporánea de América Latina un país como Venezuela había sufrido bombardeos a gran escala por parte de una potencia extranjera, hasta lo ocurrido en enero de 2026, cuando fuerzas estadounidenses atacaron Caracas y otras zonas, generando explosiones, muertes y un profundo quiebre de la soberanía latinoamericana.

 

Frente a una agresión de tal magnitud, lo mínimo exigible a cualquier dirigente que se diga demócrata o patriota es una condena firme y sin ambigüedades. Sin embargo, ocurrió lo contrario. El caso más grotesco fue el de María Corina Machado, quien no solo se negó a condenar el bombardeo, sino que lo celebró y justificó como un acto “liberador”, llegando al extremo inadmisible de “entregar” su medalla del Premio Nobel de la Paz a Donald Trump, el líder del neofascismo. Ese gesto no es anecdótico, es profundamente político. Expresa una visión que subordina la soberanía nacional a la ambición desmedida de poder y donde el bienestar y la vida de la población son ignorados.

Este es el verdadero rostro de la ultraderecha en nuestra región. Es el viejo libreto del fascismo reciclado, alimentado por el odio contra los pueblos que se atrevieron a disputar los privilegios del Tío Sam. No se trata de defender gobiernos, sino de defender pueblos, sus vidas, su dignidad y su derecho a decidir su destino sin que potencias extranjeras impongan su voluntad. Cuando una derecha ambiciosa aplaude operaciones militares contra su propio país, no es oposición democrática, sino una fuerza subordinada al imperialismo, dispuesta a entregar su soberanía a cambio de tutelaje político.

Este patrón no es exclusivo de Venezuela. América Latina ya padeció invasiones, golpes de Estado y masacres bajo el disfraz de la “liberación” y la “democracia”: Guatemala en 1954, Chile en 1973, Nicaragua durante décadas, Panamá en 1989. En todos los casos, la promesa de libertad encubrió violencia, saqueo y sometimiento. La historia más temprano que tarde sabrá juzgarlos. El libreto es conocido: “es un mal necesario”. Con ese pretexto se legitimaron crímenes en todo el continente, siempre en nombre de valores ajenos y con sangre del pueblo. Normalizar la agresión extranjera es abrir la puerta para que mañana cualquier país que desafíe al poder imperial sea castigado del mismo modo.

viernes, 16 de enero de 2026

El pueblo paga la crisis, mientras se reparten el poder y la impunidad

La realidad que vive hoy el Ecuador, desnuda la crisis profunda de un Estado puesto al servicio de quienes tienen más y no de quienes sostienen el país con su trabajo. Mientras el pueblo se ajusta el cinturón, la institucionalidad burguesa se fermenta entre escándalos de corrupción, encubrimientos y disputas de poder que nada tienen que ver con la solución de las necesidades más urgentes de los trabajadores.

La “renuncia” del presidente de la Corte Nacional de Justicia, no es una señal de higiene institucional. Es la consecuencia de un sistema judicial prisionero, que designa autoridades cuestionadas como Mario Godoy, hoy vinculado a redes delincuenciales internacionales. La pugna por su reemplazo no responde a un afán de transparencia, sino al reparto del botín. Quién controla la Judicatura tiene la llave para garantizar impunidad a los poderosos. A esto se suman los procesos contra altos mandos policiales y los escándalos que salpican al círculo cercano a Carondelet, confirmando que la corrupción se ha convertido en método de gobierno.

Pero mientras arriba se disputan cargos y negocios, a la gente de a pie, la vida se le vuelve cada vez más precaria. El gobierno menciona un crecimiento del empleo, sin embargo, más de la mitad de la población sobrevive en la informalidad, sin derechos, sin seguridad social y con ingresos miserables que no alcanzan para cubrir la canasta básica que ya supera los 800 dólares. En este contexto, la supuesta recuperación económica no es más que una mentira para quienes luchan a diario por cubrir sus necesidades básicas.

Como si esto fuera poco, los municipios descargan la crisis sobre los hombros del pueblo a través del aumento del impuesto predial y de las contribuciones especiales de mejoras. Se cobra más, se paga por más años y se invoca la solidaridad, en tanto los barrios populares siguen abandonados. Mientras los alcaldes evitan confrontar al Gobierno Nacional para exigir los recursos que les adeuda. El camino fácil es siempre el mismo, exprimir a las clases populares.

Esta es la verdadera cara del neoliberalismo, corrupción en el gobierno y las élites, precariedad para el pueblo. Ante esto, la lucha obrera es justa e imprescindible para enfrentar un sistema que condena a las mayorías al pago eterno de la crisis provocada por el modelo oligárquico.

 

 

viernes, 9 de enero de 2026

La agresión no fue contra Maduro, es contra la democracia, el pueblo y la clase trabajadora

 

La historia reciente demuestra que cada vez que la fuerza militar se impone sobre el diálogo, quienes pagan el precio no son los gobiernos ni los estrategas, sino los pueblos. Por eso resulta imposible mirar con indiferencia cualquier acción armada que vulnere la soberanía y la paz de Venezuela, un país cuyas tensiones internas no pueden ni deben resolverse mediante la violencia externa.

La experiencia internacional demuestra que las guerras rara vez se libran por las razones que se declaran públicamente; suelen justificarse con discursos morales mientras persiguen objetivos económicos y estratégicos. En Venezuela, el uso de la fuerza contra la población civil no fue una consecuencia inevitable, sino una decisión política genocida con el interés de controlar la mayor reserva de petróleo del mundo.

Aceptar estas agresiones como parte del orden mundial implica asumir que la vida humana y la soberanía pueden sacrificarse en nombre del poder y el capital. Cuando la guerra se normaliza como herramienta para garantizar acceso a recursos, se anula el Derecho Internacional y se impone la lógica del más fuerte sobre la convivencia entre naciones.

Para la clase trabajadora ecuatoriana, la paz no es una consigna, sino una necesidad concreta que sostiene el trabajo, la migración y la vida diaria. La violación de principios como la no intervención, la autodeterminación y la soberanía desestabiliza no solo países, sino regiones enteras. Son los sectores más vulnerables y quienes viven de su esfuerzo los que sufren primero, más pobreza, desplazamientos forzados y disminución de los derechos sociales básicos.

Venezuela forma parte de una historia regional compartida y de una América Latina marcada por disputas sobre sus riquezas naturales. La amenaza de una intervención militar en la región es inquietante, pues demuestra que nuestros territorios continúan siendo considerados reservas estratégicas y, para Trump, el patio trasero de Estados Unidos.

La agresión y el secuestro de un presidente disfrazados de la “lucha contra el narcotráfico” y la “defensa de la democracia” es un argumento cínico. La historia demuestra que las guerras por recursos no construyen democracia ni estabilidad; dejan dependencia y fracturas sociales profundas.

Frente a este escenario, el antiimperialismo obrero exige denunciar la ofensiva estadounidense y garantizar la soberanía y la autodeterminación, que no es tomar partido por un gobierno, sino por los pueblos, lo cual es quizá, el acto más combativo de todos.

miércoles, 31 de diciembre de 2025

2025: Un Año lleno de corrupción, crisis y promesas rotas

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En Ecuador, la quema del “Año Viejo” simboliza la esperanza de dejar atrás lo malo. Sin embargo, cuando se apagan las llamas, la realidad vuelve a imponerse con crudeza: inseguridad, pobreza, desempleo y una profunda desconfianza en las instituciones. El problema no es la falta de esperanza del pueblo, sino la reiterada incapacidad del gobierno para responder a las necesidades sociales más urgentes.

Durante el 2025, el gobierno de Daniel Noboa demostró una alarmante desconexión con la realidad cotidiana de la mayoría de los ecuatorianos. Mientras hablaba de modernización y seguridad, en la práctica se consolidó un modelo que protege a las élites económicas, sacrificando los derechos colectivos. La violencia creció hasta ubicarnos entre los países más inseguros del mundo, sin que existan políticas integrales para enfrentar las causas estructurales del narcotráfico, la exclusión y la falta de oportunidades.

La economía familiar es otro reflejo del fracaso gubernamental. El empleo digno escasea, el trabajo informal se expande y los salarios ya no alcanzan para cubrir ni una parte significativa de la canasta básica. En lugar de fortalecer los servicios públicos, estos funcionan cada vez peor, alimentando la narrativa de que la privatización es la única salida. Salud y educación, derechos fundamentales, se convierten así en privilegios para quienes pueden pagarlos.

En educación persiste una cobertura desigual, con brechas urbano-rurales, infraestructura deteriorada y escasos recursos pedagógicos. La formación docente carece de actualización y estabilidad, afectando el aprendizaje. Continúan la deserción y el rezago escolar asociados a la pobreza. La educación superior enfrenta desfinanciamientos, que limitan el acceso en igualdad de oportunidades, la investigación, la innovación y el desarrollo nacional.

El Estado neoliberal, una vez más, ha renunciado a su responsabilidad social. El Año Nuevo llega con los mismos problemas de siempre: inseguridad, pobreza, desempleo y precariedad. El Año Nuevo no borra deudas ni cicatrices sociales; las traslada, incluso a crédito, para el 2026 y los años siguientes.

Pero el Año Nuevo también abre la posibilidad de organizarse, participar y exigir un rumbo distinto. Superar este modelo excluyente demanda unidad, conciencia crítica y una ciudadanía activa. Solo así se dejará de repetir la crisis para marcar, finalmente, un comienzo esperanzador.

Que el 2026 encuentre a las familias en armonía y al pueblo ecuatoriano unido, organizado y en pie de lucha para construir un proyecto emancipador que nazca de la conciencia popular.

jueves, 25 de diciembre de 2025

El Premio Nobel: Paz, ética y la lucha permanente contra la pobreza

  En fechas como la Navidad, cuando el discurso público se llena de palabras amables, conviene preguntarnos qué tan sinceros somos con la idea de paz y con la lucha real contra la pobreza. El Premio Nobel, tantas veces celebrado como símbolo de excelencia moral, no debería ser un ritual de aplausos entre élites, sino un espejo incómodo que nos obligue a mirar de frente nuestras contradicciones.

El Nobel de la Paz ha reconocido a personas y organizaciones que apostaron por los derechos humanos, el diálogo y la defensa de los sectores vulnerables. La paz no es un discurso abstracto; es una condición material. Sin paz no hay escuelas que funcionen, hospitales que resistan ni economías capaces de ofrecer oportunidades reales. Hablar de paz es hablar de trabajo y dignidad. Por eso, promover la paz es una forma profundamente política de combatir la pobreza.

Este espíritu también atraviesa a otros premios Nobel. La Medicina que mejora la salud pública, la Economía que cuestiona modelos injustos y la Ciencia que busca soluciones sostenibles demuestran que el conocimiento, cuando se orienta al bien común, puede ser una herramienta poderosa contra la exclusión. El problema surge cuando esos avances se desconectan de la realidad social y se ponen al servicio del mercado antes que de la humanidad.

Los grandes medios de comunicación, no son neutrales ni independientes. Responden a los intereses de las élites. Son la maquinaria que produce el engaño, fabrican titulares que ocultan las verdaderas causas de la pobreza y construyen culpables falsos para desviar la atención. Mientras tanto, celebran premios y gestos simbólicos que no cuestionan el sistema que reproduce la desigualdad.

El legado de Alfred Nobel, nacido en 1895, tenía la intención ética de premiar aportes que beneficiaran a la humanidad sin distinción. Sin embargo, la entrega del galardón a la señora Machado revela una pregunta de fondo: ¿puede hablarse de paz cuando ciertas estrategias políticas profundizan la confrontación o el sufrimiento de los pueblos? El Nobel no debería premiar solo narrativas, sino resultados concretos en favor de la reconciliación y el bienestar colectivo.

Hoy, el Premio Nobel sigue siendo un llamado ético a recordar que la paz es inseparable de la justicia social y que no podemos aceptar como destino natural aquello que es el resultado de un sistema diseñado para explotarnos.

viernes, 19 de diciembre de 2025

Navidad en medio de las desigualdades

   En el Ecuador de hoy, vivir se ha convertido en un acto de valentía. La inseguridad atraviesa la vida cotidiana como una sombra permanente, barrios dominados por el miedo, jóvenes empujados a elegir entre la migración forzada o la violencia. A esto se suma la falta de empleo digno, salarios que no alcanzan y un futuro cada vez más estrecho para millones de familias que a diario enfrentan la desesperanza.

Para muchas de ellas, incluso la Navidad se ha transformado en una utopía. Mientras algunos hablan de celebraciones y mesas llenas, otros apenas logran poner comida en el plato. La pobreza no solo quita lo material, también arrebata la posibilidad de compartir, de descansar, de soñar. En un país con abundantes recursos, la desigualdad convierte una fecha de unión en un recordatorio doloroso de las brechas sociales.

Frente a esta realidad, el gobierno camina de espaldas al pueblo. La consulta popular del 16 de noviembre dejó un mensaje claro: la ciudadanía dijo no a un proyecto que precariza más la vida, reduce derechos y pretende vender la sobrevivencia como progreso. Sin embargo, el terco inquilino de Carondelet insiste en imponer el mismo libreto, como si la derrota en las urnas no fuera una señal contundente.

Pero el pueblo no está hecho para resignarse. Cuando se nos pide conformarnos con el “mal menor”, crece la convicción de que no basta con sobrevivir. Vivir implica organizarnos, encontrarnos, hablar y escucharnos. Implica comprender que la diversidad nos fortalece. Cuando permitimos que las diferencias se usen para dividirnos, terminamos sirviendo a intereses ajenos y no a los nuestros.

Cuando la voluntad, la unidad y la solidaridad colectiva se pone en movimiento, renace la esperanza como herramienta para enfrentar un sistema capaz de producir hambre en un país rico en recursos. Hoy más que nunca necesitamos construir poder desde las bases, reconocer nuestra propia fuerza y luchar por educación, salud, salarios justos, empleo digno, seguridad sin militarización ciega, soberanía y democracia real.

Luchamos para que nuestros hijos no tengan que irse del país ni crecer entre balas, y también para que ninguna familia sienta que la dignidad o la Navidad son lujos inalcanzables. El Ecuador tiene memoria y una historia de luchas populares. Honrarla es protagonizar el presente, porque la felicidad no puede ser individual ni excluyente, es una causa para abrazarla todos.

Saludo Navideño al Magisterio por la Unidad y la Dignidad

    En estas festividades de Navidad y Año Nuevo, aprovecho la ocasión para enviar un saludo solidario y fraterno a las y los docentes activos y jubilados, así como a todo el pueblo que resiste con dignidad y esperanza.

Vivimos tiempos en los que cada día se nos empuja a sobrevivir con miedo y a aceptar el mal menor como destino. Pero sabemos que, en este llamado “Nuevo Ecuador”, sobrevivir solo tiene sentido si es luchando, organizándonos y defendiendo nuestros derechos colectivos.

Hoy es tiempo de alzar la voz y afirmar nuestra solidaridad, porque muchas voces juntas valen más que el silencio impuesto o el conformismo. Hoy es clave la unidad para no caer en la división que beneficia a quienes mandan y oprimen.

Que estos tiempos de reflexión reverdezcan la esperanza colectiva y el compromiso popular; que el 2026 nos encuentre más unidos, organizados y firmes frente a la arrogancia oligárquica y las políticas excluyentes.