lunes, 12 de octubre de 2026

Las sombras de la conquista

Desde las costas donde las Tres Carabelas clavaron cruces de despojo, una sombra milenaria se extiende hasta el presente de nuestro Ecuador. Aquellas piedras brillantes que la codicia convirtió en muerte y las cruces que reclamaron el aire que fluye, no se quedaron atrapadas en las páginas marchitas del pasado. Hoy, los herederos de Tucán y Anacaona siguen contemplando cómo la ambición transnacional intenta mensurar la tierra sagrada con leyes ajenas, saqueando los ríos del páramo y perforando la selva amazónica bajo el mismo dogma de que todo se compra y se vende.

En las aulas y en las calles de nuestra patria, la batalla por la memoria continúa ardiendo. Nos enseñaron a venerar el despojo como un heroico descubrimiento y a llamar “madre patria” al yugo que intentó cortar nuestras palabras desde la raíz. La historia oficial aún glorifica una eventualidad náutica, ocultando que Colón simplemente tropezó por accidente con este continente al que luego llamaron América, transformando un extravío de navegación en la excusa perfecta para la invasión. Pretendieron reemplazar los altares al Sol y los cantos ancestrales frente al fuego con la sumisión de las mentes, pero olvidaron que la raíz originaria es indomable. La violencia colonial, sostenida antaño por la espada y la Biblia, viste hoy las ropas pesadas del neocolonialismo extractivista.

Sin embargo, para los pueblos del Ecuador, sanar nunca ha sido obedecer. La resistencia indígena, campesina y popular que retumba desde los Andes hasta la Costa no es un simple eco folclórico: es un fuego vivo que exige desmantelar la historia tergiversada. En cada marcha, en cada semilla guardada y en cada aula que apuesta por la educación Intercultural Bilingüe, renace el espíritu invencible de Atahualpa, Rumiñahui y Quisquis. No necesitamos celebrar el desembarco accidental de navegantes perdidos; la urgencia histórica de nuestra América consiste en descubrirnos a nosotros mismos, dignos y libres.

Levantar la voz contra el despojo es defender el agua que respiramos y la memoria que nos mantiene humanos. La verdadera liberación no vendrá de la caridad del opresor, sino del puño erguido de un pueblo que rescata sus cantos, sus lenguas y sus saberes ancestrales. Borrar las sombras de la conquista exige purgar la sumisión y construir, desde las raíces de nuestra tierra, una patria justa, plurinacional donde la soberanía jamás vuelva a venderse al mejor postor.