Desde las costas donde las Tres Carabelas clavaron cruces de despojo, una sombra milenaria se extiende hasta el presente de nuestro Ecuador. Aquellas piedras brillantes que la codicia convirtió en muerte y las cruces que reclamaron el aire que fluye, no se quedaron atrapadas en las páginas marchitas del pasado. Hoy, los herederos de Tucán y Anacaona siguen contemplando cómo la ambición transnacional intenta mensurar la tierra sagrada con leyes ajenas, saqueando los ríos del páramo y perforando la selva amazónica bajo el mismo dogma de que todo se compra y se vende.
En las
aulas y en las calles de nuestra patria, la batalla por la memoria continúa
ardiendo. Nos enseñaron a venerar el despojo como un heroico descubrimiento y a
llamar “madre patria” al yugo que intentó cortar nuestras palabras desde la
raíz. La historia oficial aún glorifica una eventualidad náutica, ocultando que
Colón simplemente tropezó por accidente con este continente al que luego
llamaron América, transformando un extravío de navegación en la excusa perfecta
para la invasión. Pretendieron reemplazar los altares al Sol y los cantos
ancestrales frente al fuego con la sumisión de las mentes, pero olvidaron que
la raíz originaria es indomable. La violencia colonial, sostenida antaño por la
espada y la Biblia, viste hoy las ropas pesadas del neocolonialismo
extractivista.
Sin
embargo, para los pueblos del Ecuador, sanar nunca ha sido obedecer. La
resistencia indígena, campesina y popular que retumba desde los Andes hasta la
Costa no es un simple eco folclórico: es un fuego vivo que exige desmantelar la
historia tergiversada. En cada marcha, en cada semilla guardada y en cada aula
que apuesta por la educación Intercultural Bilingüe, renace el espíritu
invencible de Atahualpa, Rumiñahui y Quisquis. No necesitamos celebrar el
desembarco accidental de navegantes perdidos; la urgencia histórica de nuestra
América consiste en descubrirnos a nosotros mismos, dignos y libres.
Levantar
la voz contra el despojo es defender el agua que respiramos y la memoria que
nos mantiene humanos. La verdadera liberación no vendrá de la caridad del
opresor, sino del puño erguido de un pueblo que rescata sus cantos, sus lenguas
y sus saberes ancestrales. Borrar las sombras de la conquista exige purgar la
sumisión y construir, desde las raíces de nuestra tierra, una patria justa,
plurinacional donde la soberanía jamás vuelva a venderse al mejor postor.