viernes, 30 de enero de 2026

Basta de ver pasar la historia desde la vereda del conformismo

El Ecuador atraviesa uno de los momentos más críticos de su “democracia” reciente. Vivimos una confluencia peligrosa de factores políticos, sociales, económicos y de seguridad que configuran una crisis institucional profunda. La sensación predominante en la ciudadanía es de miedo, desprotección y pérdida total de control por parte del Estado. Ya basta de ver pasar la historia desde la vereda del conformismo; mientras el Gobierno y los medios de desinformación siembran miedo y división. Entendamos que callar alimenta la corrupción, el hambre y el cinismo institucional. El dolor ajeno también es nuestro. La violencia desbordada, ligada al crecimiento exponencial del narcotráfico y del crimen organizado, ha convertido al país en uno de los más peligrosos de la región.

Este fenómeno no puede explicarse solo por incapacidad gubernamental. La penetración del narcotráfico en la judicatura, fuerzas de seguridad y la política, revela un problema estructural mucho más grave. En este contexto, el enfrentamiento constante entre el Ejecutivo y el Legislativo ha profundizado la ingobernabilidad. Bloqueos, vetos, decretos y censuras sustituyen al diálogo democrático y paralizan decisiones urgentes. La institucionalidad se debilita, mientras la ciudadanía observa cómo los conflictos políticos se imponen sobre las necesidades reales del país.

La situación económica tampoco ofrece alivio. Aunque la recaudación fiscal ha superado las metas previstas, los problemas estructurales se han agravado. Educación y salud continúan en estado crítico, faltan docentes, infraestructura, medicinas y personal. La gente muere esperando atención médica, mientras persisten sospechas de corrupción en las compras públicas. El contraste resulta indignante.

Paradójicamente, el principal sostén de la economía ecuatoriana no es la inversión extranjera ni las políticas gubernamentales, sino el sacrificio de millones de migrantes cuyas remesas superan en diez veces la inversión externa. Es el trabajo de quienes se vieron obligados a irse del país el que mantiene a flote la economía nacional. Frente a esta realidad, el presidente Daniel Noboa evidencia una administración errática. En lugar de enfrentar la crisis con firmeza, transparencia y diálogo, prefiere la propaganda para minimizar los problemas y evadir responsabilidades.

El país no necesita demagogia ni viajes; necesita conducción política y soluciones urgentes. Detener la crisis y la caída al despeñadero exige voluntad política, reformas profundas, combate real a la corrupción y, sobre todo, reconstruir la confianza ciudadana. Sin ello, el futuro seguirá marcado por el miedo y la incertidumbre.

viernes, 23 de enero de 2026

O se está del lado de la soberanía y la vida, o del lado de la sumisión y la muerte

"La soberanía no se negocia; tampoco se aplaude la vileza de llamar a que agredan a la patria" Doseret

Nunca antes en la historia contemporánea de América Latina un país como Venezuela había sufrido bombardeos a gran escala por parte de una potencia extranjera, hasta lo ocurrido en enero de 2026, cuando fuerzas estadounidenses atacaron Caracas y otras zonas, generando explosiones, muertes y un profundo quiebre de la soberanía latinoamericana.

 

Frente a una agresión de tal magnitud, lo mínimo exigible a cualquier dirigente que se diga demócrata o patriota es una condena firme y sin ambigüedades. Sin embargo, ocurrió lo contrario. El caso más grotesco fue el de María Corina Machado, quien no solo se negó a condenar el bombardeo, sino que lo celebró y justificó como un acto “liberador”, llegando al extremo inadmisible de “entregar” su medalla del Premio Nobel de la Paz a Donald Trump, el líder del neofascismo. Ese gesto no es anecdótico, es profundamente político. Expresa una visión que subordina la soberanía nacional a la ambición desmedida de poder y donde el bienestar y la vida de la población son ignorados.

Este es el verdadero rostro de la ultraderecha en nuestra región. Es el viejo libreto del fascismo reciclado, alimentado por el odio contra los pueblos que se atrevieron a disputar los privilegios del Tío Sam. No se trata de defender gobiernos, sino de defender pueblos, sus vidas, su dignidad y su derecho a decidir su destino sin que potencias extranjeras impongan su voluntad. Cuando una derecha ambiciosa aplaude operaciones militares contra su propio país, no es oposición democrática, sino una fuerza subordinada al imperialismo, dispuesta a entregar su soberanía a cambio de tutelaje político.

Este patrón no es exclusivo de Venezuela. América Latina ya padeció invasiones, golpes de Estado y masacres bajo el disfraz de la “liberación” y la “democracia”: Guatemala en 1954, Chile en 1973, Nicaragua durante décadas, Panamá en 1989. En todos los casos, la promesa de libertad encubrió violencia, saqueo y sometimiento. La historia más temprano que tarde sabrá juzgarlos. El libreto es conocido: “es un mal necesario”. Con ese pretexto se legitimaron crímenes en todo el continente, siempre en nombre de valores ajenos y con sangre del pueblo. Normalizar la agresión extranjera es abrir la puerta para que mañana cualquier país que desafíe al poder imperial sea castigado del mismo modo.

viernes, 16 de enero de 2026

El pueblo paga la crisis, mientras se reparten el poder y la impunidad

La realidad que vive hoy el Ecuador, desnuda la crisis profunda de un Estado puesto al servicio de quienes tienen más y no de quienes sostienen el país con su trabajo. Mientras el pueblo se ajusta el cinturón, la institucionalidad burguesa se fermenta entre escándalos de corrupción, encubrimientos y disputas de poder que nada tienen que ver con la solución de las necesidades más urgentes de los trabajadores.

La “renuncia” del presidente de la Corte Nacional de Justicia, no es una señal de higiene institucional. Es la consecuencia de un sistema judicial prisionero, que designa autoridades cuestionadas como Mario Godoy, hoy vinculado a redes delincuenciales internacionales. La pugna por su reemplazo no responde a un afán de transparencia, sino al reparto del botín. Quién controla la Judicatura tiene la llave para garantizar impunidad a los poderosos. A esto se suman los procesos contra altos mandos policiales y los escándalos que salpican al círculo cercano a Carondelet, confirmando que la corrupción se ha convertido en método de gobierno.

Pero mientras arriba se disputan cargos y negocios, a la gente de a pie, la vida se le vuelve cada vez más precaria. El gobierno menciona un crecimiento del empleo, sin embargo, más de la mitad de la población sobrevive en la informalidad, sin derechos, sin seguridad social y con ingresos miserables que no alcanzan para cubrir la canasta básica que ya supera los 800 dólares. En este contexto, la supuesta recuperación económica no es más que una mentira para quienes luchan a diario por cubrir sus necesidades básicas.

Como si esto fuera poco, los municipios descargan la crisis sobre los hombros del pueblo a través del aumento del impuesto predial y de las contribuciones especiales de mejoras. Se cobra más, se paga por más años y se invoca la solidaridad, en tanto los barrios populares siguen abandonados. Mientras los alcaldes evitan confrontar al Gobierno Nacional para exigir los recursos que les adeuda. El camino fácil es siempre el mismo, exprimir a las clases populares.

Esta es la verdadera cara del neoliberalismo, corrupción en el gobierno y las élites, precariedad para el pueblo. Ante esto, la lucha obrera es justa e imprescindible para enfrentar un sistema que condena a las mayorías al pago eterno de la crisis provocada por el modelo oligárquico.

 

 

viernes, 9 de enero de 2026

La agresión no fue contra Maduro, es contra la democracia, el pueblo y la clase trabajadora

 

La historia reciente demuestra que cada vez que la fuerza militar se impone sobre el diálogo, quienes pagan el precio no son los gobiernos ni los estrategas, sino los pueblos. Por eso resulta imposible mirar con indiferencia cualquier acción armada que vulnere la soberanía y la paz de Venezuela, un país cuyas tensiones internas no pueden ni deben resolverse mediante la violencia externa.

La experiencia internacional demuestra que las guerras rara vez se libran por las razones que se declaran públicamente; suelen justificarse con discursos morales mientras persiguen objetivos económicos y estratégicos. En Venezuela, el uso de la fuerza contra la población civil no fue una consecuencia inevitable, sino una decisión política genocida con el interés de controlar la mayor reserva de petróleo del mundo.

Aceptar estas agresiones como parte del orden mundial implica asumir que la vida humana y la soberanía pueden sacrificarse en nombre del poder y el capital. Cuando la guerra se normaliza como herramienta para garantizar acceso a recursos, se anula el Derecho Internacional y se impone la lógica del más fuerte sobre la convivencia entre naciones.

Para la clase trabajadora ecuatoriana, la paz no es una consigna, sino una necesidad concreta que sostiene el trabajo, la migración y la vida diaria. La violación de principios como la no intervención, la autodeterminación y la soberanía desestabiliza no solo países, sino regiones enteras. Son los sectores más vulnerables y quienes viven de su esfuerzo los que sufren primero, más pobreza, desplazamientos forzados y disminución de los derechos sociales básicos.

Venezuela forma parte de una historia regional compartida y de una América Latina marcada por disputas sobre sus riquezas naturales. La amenaza de una intervención militar en la región es inquietante, pues demuestra que nuestros territorios continúan siendo considerados reservas estratégicas y, para Trump, el patio trasero de Estados Unidos.

La agresión y el secuestro de un presidente disfrazados de la “lucha contra el narcotráfico” y la “defensa de la democracia” es un argumento cínico. La historia demuestra que las guerras por recursos no construyen democracia ni estabilidad; dejan dependencia y fracturas sociales profundas.

Frente a este escenario, el antiimperialismo obrero exige denunciar la ofensiva estadounidense y garantizar la soberanía y la autodeterminación, que no es tomar partido por un gobierno, sino por los pueblos, lo cual es quizá, el acto más combativo de todos.

miércoles, 31 de diciembre de 2025

2025: Un Año lleno de corrupción, crisis y promesas rotas

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En Ecuador, la quema del “Año Viejo” simboliza la esperanza de dejar atrás lo malo. Sin embargo, cuando se apagan las llamas, la realidad vuelve a imponerse con crudeza: inseguridad, pobreza, desempleo y una profunda desconfianza en las instituciones. El problema no es la falta de esperanza del pueblo, sino la reiterada incapacidad del gobierno para responder a las necesidades sociales más urgentes.

Durante el 2025, el gobierno de Daniel Noboa demostró una alarmante desconexión con la realidad cotidiana de la mayoría de los ecuatorianos. Mientras hablaba de modernización y seguridad, en la práctica se consolidó un modelo que protege a las élites económicas, sacrificando los derechos colectivos. La violencia creció hasta ubicarnos entre los países más inseguros del mundo, sin que existan políticas integrales para enfrentar las causas estructurales del narcotráfico, la exclusión y la falta de oportunidades.

La economía familiar es otro reflejo del fracaso gubernamental. El empleo digno escasea, el trabajo informal se expande y los salarios ya no alcanzan para cubrir ni una parte significativa de la canasta básica. En lugar de fortalecer los servicios públicos, estos funcionan cada vez peor, alimentando la narrativa de que la privatización es la única salida. Salud y educación, derechos fundamentales, se convierten así en privilegios para quienes pueden pagarlos.

En educación persiste una cobertura desigual, con brechas urbano-rurales, infraestructura deteriorada y escasos recursos pedagógicos. La formación docente carece de actualización y estabilidad, afectando el aprendizaje. Continúan la deserción y el rezago escolar asociados a la pobreza. La educación superior enfrenta desfinanciamientos, que limitan el acceso en igualdad de oportunidades, la investigación, la innovación y el desarrollo nacional.

El Estado neoliberal, una vez más, ha renunciado a su responsabilidad social. El Año Nuevo llega con los mismos problemas de siempre: inseguridad, pobreza, desempleo y precariedad. El Año Nuevo no borra deudas ni cicatrices sociales; las traslada, incluso a crédito, para el 2026 y los años siguientes.

Pero el Año Nuevo también abre la posibilidad de organizarse, participar y exigir un rumbo distinto. Superar este modelo excluyente demanda unidad, conciencia crítica y una ciudadanía activa. Solo así se dejará de repetir la crisis para marcar, finalmente, un comienzo esperanzador.

Que el 2026 encuentre a las familias en armonía y al pueblo ecuatoriano unido, organizado y en pie de lucha para construir un proyecto emancipador que nazca de la conciencia popular.