miércoles, 18 de febrero de 2026

Entre la fiesta y la penitencia, hipocresía a dos velocidades

 “El miércoles de ceniza, para las élites es la ocasión perfecta para fingir arrepentimiento, la cruz en su frente, representa el símbolo de la corrupción y la impunidad...” Doseret

PRIMERO LAS ÉLITES

En los días de carnaval, los ricos no se disfrazaron, desfilaron en carros de lujo, lanzando dólares como serpentinas, mientras los magos del “Circo Nobita” convertían el oro verde en oro blanco de exportación. Sus hijos jugaban con drones y tablets de última generación. Los sobreprecios de la obra pública compitieron por protagonismo, y la música no fue de carnaval; fue un himno a los negocios redondos. Entre risas, champaña y caviar, los hechiceros del SRI desaparecieron deudas de la familia presidencial y emitieron bonos para rifarse el país. Así la corrupción sigue siendo un espectáculo de fuegos artificiales, ruidosos y absolutamente impunes.

A la otra orilla, el carnaval de los pobres marchó sin aplausos en buses destartalados, por calles llenas de baches y polvo. Sus Reinas, madres repartiendo cariño, y las máscaras eran realidades de deudas impagables. El agua llegaba a cuenta gotas, los sueldos bailaban entre inflación y precios imposibles, y los sueños de los niños se escaparon entre espumas de jabón. La música fue un coro colectivo: Trabajo digno, salud gratuita, seguridad y justicia social. Este desfile no tuvo auspiciantes ni selfies virales, pero nadie quiso perdérselo. Es el carnaval de los pobres, con entrada gratuita y salida incierta.

Luego llegó el miércoles de ceniza, con doble ironía. Para los ricos, es un ritual express de absolución: un toque de ceniza en la frente y, al día siguiente, todos los pecados vuelven en estatus de inversión. La moral es opcional, el remordimiento, un accesorio olvidado en el clóset. Para los políticos, jueces y funcionarios, es la ocasión perfecta para fingir remordimiento, la justicia se politiza, los sobreprecios se ocultan bajo alfombras y los tribunales se convierten en pasarelas de impunidad.

Para los ecuatorianos postergados, desempleados, migrantes o enfermos, la ceniza solo añade otra cruz que recuerda la falta de medicamentos, la inseguridad rampante, los sueldos que no alcanzan y los sueños que se evaporan. No limpia nada; resalta la distancia entre quienes tienen y quienes sobreviven. Mientras unos desfilan en templos brillantes, otros marchan con tristeza disfrazada de rutina. La cuaresma se transforma en un carnaval irónico, donde la pobreza, la injusticia y la impunidad desfilan juntas, sin disfraces, recordando que aquí hay dos desfiles que nunca se encuentran… y que el verdadero espectáculo es la sonrisa amarga de quienes aún resisten.