viernes, 25 de septiembre de 2026

La salud pública entre el colapso y la propaganda proselitista

El derecho a la salud en Ecuador ha sido reducido a un ejercicio de propaganda e improvisación. Tras casi tres años de gestión, el gobierno de Daniel Noboa no solo ratifica la inoperancia para resolver la crisis del sistema sanitario, sino que perpetúa un discurso de excusas que evade responsabilidades. Promesas incumplidas, recortes presupuestarios drásticos y una escandalosa inestabilidad ministerial, –ocho titulares en la cartera de Salud en apenas tres años–, demuestran que la salud pública jamás fue una prioridad técnica, sino un fusible político.

La narrativa oficial culpa reiteradamente a la corrupción en bodegas, a la falta de traductores para compras en la India, e incluso culpa a los propios médicos, acusándolos de recetar medicinas inexistentes en lugar de reconocer que los profesionales prescriben según la necesidad del paciente. Mientras las autoridades se contradicen en cifras de abastecimiento que ni ellos mismos logran sostener, las familias ecuatorianas asumen el verdadero costo de este abandono: la precariedad ha llegado al extremo de que empleados y pacientes deben organizar rifas para costear la alimentación en los hospitales. La falta de fármacos básicos y la suspensión de terapias vitales en la red pública no son simples fallas administrativas; son una vulneración flagrante a los derechos humanos.

Es cierto que el Ecuador arrastra una falla sistémica e histórica en su arquitectura sanitaria. Tanto el Ministerio de Salud Pública como el Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social padecen una asfixia financiera, agravada por convenios caducos, deudas acumuladas con la red privada complementaria y una gobernanza capturada por mafias políticas. Las decisiones centralizadas, desprovistas de criterios técnicos y epidemiológicos, han obligado a los sectores más vulnerables a costear con recursos propios medicamentos e insumos, empobreciendo a los hogares y fragmentando el acceso a la atención médica.

Esta parálisis operativa castiga de manera asimétrica al territorio nacional, creando brechas inaceptables donde hospitales de grandes centros urbanos sobreviven en niveles desastrosos de desabastecimiento. La salud no se resuelve con anuncios de grandes compras, comités ineficaces ni plataformas tecnológicas millonarias cuando la infraestructura básica y el financiamiento operativo están quebrados. Como sociedad no podemos naturalizar el traspaso del costo de la crisis a los pacientes. Defender la salud pública requiere exigir transparencia en la distribución de los recursos, auditorías independientes y una voluntad política real que ponga la dignidad de la vida por encima de la retórica electoral y las disputas presupuestarias.