viernes, 26 de junio de 2026

Cuando el descontento popular se vuelve organización

Hacer política desde los sectores populares nunca ha sido un oficio cómodo; es, fundamentalmente, un compromiso que nos obliga a vivir entre “la náusea y la angustia”. Así lo entendía el dirigente español Julio Anguita, cuya lucidez nos sirve hoy para desnudar la realidad de un Ecuador sumido en una crisis profunda, donde el sistema no sufre un fallo temporal, sino una descomposición estructural.

 

Al evocar la “náusea sartreana”, Anguita describía el asco físico y moral ante la podredumbre. En el Ecuador actual, esa náusea estalla al ver un Estado infiltrado por el crimen organizado, instituciones secuestradas por mafias y una justicia arrodillada ante el poder. Sentimos ganas de vomitar cuando los hospitales carecen de medicinas, ante el desempleo, la migración forzada y una política contra la violencia que pone en juego la soberanía nacional. Es la máxima expresión de la miseria moral de una clase gobernante que se lava las manos mientras los recursos públicos se desvían en contratos corruptos.

Lo alarmante es que el relato oficial y los grandes medios hegemónicos aplauden esta profunda indolencia como el simple “juego de la democracia”. Julio Anguita denomina esto como la mala fe de los gobernantes que se escudan en la intrincada burocracia para evadir su responsabilidad histórica. Afirma que el verdadero peligro es ideológico: “la anestesia social, que nos ha habituado a caminar entre cadáveres y corrupción como si fueran el paisaje natural del poder”.

Aquí es donde la náusea se transforma en angustia existencial, al reconocer que todos somos responsables del país que habitamos. La destrucción del tejido social no constituye un desastre natural, sino el resultado directo de la persecución estatal. Si nos cruzamos de brazos, el silencio nos convierte en cómplices de una oligarquía dedicada al latrocinio de los bienes públicos. Al pueblo le toca elegir entre tolerar la deshonestidad o transformar esa dolorosa realidad social.

Frente al cinismo que destruye la patria, la vigencia del pensamiento de Julio Anguita exige coherencia y un programa claro. La indignación pasiva en redes sociales debe transformarse en organización firme y conciencia popular. Contra la miseria moral burguesa, nos queda la ética inquebrantable de las clases populares y la unidad ciudadana, a fin de superar el asco institucional para recuperar, nuestra dignidad y soberanía nacional; y finalmente, construir una sociedad más justa.