“La educación para ser realmente liberadora tiene romper el modelo de utilitario a fin de reconocer, independiente del Estado, nuestro valor intrínseco y soberano” Doseret
En materia de ética, me declaro radical. No es arrogancia; es la convicción de que los seres humanos debemos tratarnos siempre como un fin y nunca como un medio. En Ecuador, donde a menudo se mide el valor de una persona por su título, sus "palancas" o su utilidad productiva, esta idea es sediciosa: cada uno de nosotros valemos por el solo hecho de existir. No necesitamos "ser alguien" en la vida; ya lo somos. Esta verdad se vuelve hoy más cruda: el sistema nos obliga a coleccionar diplomas que luego se empolvan en perchas, pues ni siquiera el esfuerzo académico garantiza un empleo en un mercado que nos ignora. El título no es el ser. Como señaló José Martí: “El primer deber de un hombre es pensar por sí mismo”, y ese pensamiento debe empezar por reconocer nuestra dignidad más allá de una vacante laboral.
María Montessori sostenía que nacemos con virtudes plenas y que es el entorno adulto el que nos distorsiona. En nuestra realidad, esto implica que la educación no debería ser una carrera de obstáculos para conseguir un empleo, sino un proceso de desaprendizaje de prejuicios para florecer en libertad. Históricamente, hemos operado bajo un modelo patriarcal: una madre que sobreprotege y un padre –el Estado o la religión– que impone leyes, castigos y nos arroja a un mercado laboral para el que no estamos listos, convirtiéndonos en medios para fines ajenos.
Ante esta asfixia de dogmas, recordemos a Paulo Freire: "Nadie educa a nadie... los hombres se educan en comunión". El conocimiento nace del diálogo horizontal y la minga de saberes, donde educador y educando se transforman mutuamente. Él propone una visión adaptada a nuestro tiempo: imaginemos ese diálogo que no nos expulsa de la sociedad, sino que nos incluye en el árbol del conocimiento. En este modelo, la educación ecuatoriana priorizaría la inteligencia emocional y la colaboración, en lugar de la competencia feroz.
Somos seres frágiles –como bebés en un mundo hostil– que merecen una ética que no pida pruebas de valor. El papel del líder no es cambiar al otro, sino acompañarlo hasta que esté listo para probar el fruto del saber y partir con plena seguridad. Al final, ser radicales es entender que el valor humano no se negocia ni se adquiere: se reconoce.