"El despilfarro del patrimonio del IESS, nos exige retomar la lucha combativa para transformar el dolor en justicia social" Doseret
El Vía Crucis de
Jesús ha dejado de ser un relato de fe para convertirse en el reclamo cotidiano
del adulto mayor. Hoy, las catorce estaciones no se recorren en Jerusalén, sino
en las frías salas de espera del IESS y en las filas interminables por una cita
médica. La cruz que cargan nuestros jubilados no es de madera, sino la de la
negligencia estatal que ha transformado el descanso merecido en una sentencia
de muerte lenta.
Cada vez que un
jubilado recibe la noticia de que su pensión está en peligro o que no hay medicinas
en la farmacia del hospital, asistimos a una nueva condena a muerte. Son los
latigazos de una burocracia que ha decidido priorizar cifras para el
cumplimiento con el FMI por encima de la vida humana. El IESS, que debería ser
el Cireneo que ayude a cargar el peso de los años, se ha convertido en el
verdugo que ajusta los clavos del sufrimiento.
Esta tragedia no
es accidental; tiene nombres, apellidos y leyes con trampas mortales. La mal
llamada Ley de Fortalecimiento y Sostenibilidad Crediticia es, en realidad, el
martillo que golpea los clavos de este sacrificio social. Bajo el pretexto de
"liquidez", una burocracia infame pretende rifar el patrimonio y las
reservas que sostienen las pensiones. Permitir que el portafolio de inversiones
sea garantía de créditos es poner una soga al cuello de las futuras jubilaciones,
si el Estado no paga, el banco embarga el futuro de los afiliados.
Peor aún, la venta
de cartera a la banca privada y la pérdida de autonomía institucional terminan
por despojar al jubilado de sus vestiduras. Al permitir que el Ejecutivo nombre
a dedo a quienes administran el dinero ajeno, se elimina cualquier contrapeso,
dejando la caja de ahorros de toda una vida a merced de los intereses de la
derecha chulquera.
No podemos seguir observando este calvario desde la vereda. La resurrección de nuestra seguridad social no vendrá de la caridad, sino del fortalecimiento de la lucha por la justicia. Reconocer el rostro de Cristo en los adultos que mendigan un turno médico es el primer paso para exigir un sistema donde la dignidad no sea un lujo, sino un derecho innegociable. Que la indignación se convierta en la piedra que ruede y libere al pueblo de este sepulcro de austeridad.