“Si no se garantiza justicia social, educación y trabajo digno; el garrote no soluciona el hambre” Doseret
Ecuador está al límite. No es escasez de recursos, sino un
abandono indolente lo que tiene a toda una generación en medio de la
desesperación. Estamos en un punto crítico donde el desprecio estatal amenaza
con destruir el futuro de nuestro país. Mientras desde las alturas del poder se
intenta vender una narrativa de control y “firmeza”, en las calles esa imagen
se hace pedazos. La vida cotidiana de nuestra gente está hoy marcada por un
miedo que paraliza y una precariedad que asfixia.
La inseguridad en este país ya no es una fría estadística para
debatir en foros; es el negocio del barrio que baja la persiana porque la
extorsión le ganó la partida. Es el padre de familia que sale a trabajar sin
saber si volverá, y el joven que ve en la violencia la única puerta de salida
ante un Estado que le dio la espalda. La respuesta oficial, reducirlo todo a
botas militares en las esquinas, es un parche de corto alcance. La paz no se
decreta con fusiles si no hay pan en la mesa ni futuro en las aulas. Sin
justicia social, el control es solo un garrote que no soluciona el hambre.
Nuestra economía popular se cae a pedazos. Comer bien se ha
vuelto un lujo de élites mientras la canasta básica vuela por las nubes.
Millones de ecuatorianos se baten a duelo diario en la informalidad,
sobreviviendo a punta de rebuscas y resistencia. Pero cuidado: resistir no es
un proyecto de país, es un síntoma de un sistema fallido que prefiere cumplir
las recetas de los organismos financieros internacionales antes que llenar los
estómagos de su gente.
¿Y qué decir de la salud y el campo? Hospitales convertidos en
cáscaras vacías donde la vida depende de tener dinero para la farmacia privada,
y agricultores que se parten el lomo para recibir migajas mientras los grandes
acuerdos de escritorio amenazan nuestra soberanía.
Ya basta de gobernar para los indicadores y los aplausos de
Trump. Detrás de cada porcentaje hay madres angustiadas y trabajadores que
sostienen al país a puro pulmón y sin respaldo. Ecuador no necesita más
discursos proselitistas; exige dignidad, empleo y una visión que ponga al ser
humano sobre el capital. El país real exige respuestas y las exige ahora.