Los efectos de la crisis neoliberal se extienden a ámbitos, como la educación, el empleo o la movilidad social. La falta de competencia económica no es un problema técnico aislado, sino un fenómeno que impacta la vida social y las oportunidades de las personas. Desde una perspectiva de educación emancipadora, como la defendida por Gabriela Mistral, Célestin Freinet y Paulo Freire, cuando el poder económico se concentra hacia arriba, las oportunidades educativas y el carácter liberador de la escuela se debilita.
La reducción del dinamismo económico se traduce en menor inversión educativa y una brecha creciente entre quienes acceden a educación de calidad y quienes quedan excluidos. Gabriela Mistral advertía que “la educación es, tal vez, la forma más alta de buscar a Dios”, entendida como un proceso ético profundamente humano. Cuando la educación se subordina a las lógicas del mercado neoliberal, pierde su dimensión moral y su capacidad de dignificar a los más vulnerables.
La falta de inversión y de innovación perjudica especialmente a estudiantes de hogares pobres. Escuelas sin incentivos generalmente reproducen modelos memorísticos y autoritarios, desconectados de la realidad social. Freinet sostenía que “la escuela no debe preparar para la vida, sino ser la vida misma”. Sin diversidad institucional y metodológica, la escuela deja de dialogar con el contexto del estudiante y refuerza la desafección y el abandono, lejos de convertirse en espacios de resistencia y emancipación.
Esto ayuda a comprender por qué, un tercio de los jóvenes no está en las aulas. Las razones económicas, la necesidad de trabajar o cuidar a otros, y la falta de confianza en los beneficios reales de la educación evidencian que el sistema no responde a sus vidas concretas. Como afirmaba Paulo Freire: “La educación no cambia el mundo, cambia a las personas que van a cambiar el mundo”. Cuando la educación no transforma la experiencia cotidiana del estudiante, pierde sentido. Otro tema no menos importante, es la exclusión por razones de salud o discapacidad, lo cual revela un sistema poco flexible e inclusivo.
Finalmente, el rol del Estado es insustituible. No se trata solo de promover educación, sino de garantizar equidad, justicia y sentido social. Una política educativa inspirada en Mistral, Freinet y Freire aseguraría que la innovación llegue a todos y que la educación recupere su función esencial; emancipar, romper la pobreza y construir un país justo y soberano.