jueves, 25 de diciembre de 2025

El Premio Nobel: Paz, ética y la lucha permanente contra la pobreza

  En fechas como la Navidad, cuando el discurso público se llena de palabras amables, conviene preguntarnos qué tan sinceros somos con la idea de paz y con la lucha real contra la pobreza. El Premio Nobel, tantas veces celebrado como símbolo de excelencia moral, no debería ser un ritual de aplausos entre élites, sino un espejo incómodo que nos obligue a mirar de frente nuestras contradicciones.

El Nobel de la Paz ha reconocido a personas y organizaciones que apostaron por los derechos humanos, el diálogo y la defensa de los sectores vulnerables. La paz no es un discurso abstracto; es una condición material. Sin paz no hay escuelas que funcionen, hospitales que resistan ni economías capaces de ofrecer oportunidades reales. Hablar de paz es hablar de trabajo y dignidad. Por eso, promover la paz es una forma profundamente política de combatir la pobreza.

Este espíritu también atraviesa a otros premios Nobel. La Medicina que mejora la salud pública, la Economía que cuestiona modelos injustos y la Ciencia que busca soluciones sostenibles demuestran que el conocimiento, cuando se orienta al bien común, puede ser una herramienta poderosa contra la exclusión. El problema surge cuando esos avances se desconectan de la realidad social y se ponen al servicio del mercado antes que de la humanidad.

Los grandes medios de comunicación, no son neutrales ni independientes. Responden a los intereses de las élites. Son la maquinaria que produce el engaño, fabrican titulares que ocultan las verdaderas causas de la pobreza y construyen culpables falsos para desviar la atención. Mientras tanto, celebran premios y gestos simbólicos que no cuestionan el sistema que reproduce la desigualdad.

El legado de Alfred Nobel, nacido en 1895, tenía la intención ética de premiar aportes que beneficiaran a la humanidad sin distinción. Sin embargo, la entrega del galardón a la señora Machado revela una pregunta de fondo: ¿puede hablarse de paz cuando ciertas estrategias políticas profundizan la confrontación o el sufrimiento de los pueblos? El Nobel no debería premiar solo narrativas, sino resultados concretos en favor de la reconciliación y el bienestar colectivo.

Hoy, el Premio Nobel sigue siendo un llamado ético a recordar que la paz es inseparable de la justicia social y que no podemos aceptar como destino natural aquello que es el resultado de un sistema diseñado para explotarnos.

viernes, 19 de diciembre de 2025

Navidad en medio de las desigualdades

   En el Ecuador de hoy, vivir se ha convertido en un acto de valentía. La inseguridad atraviesa la vida cotidiana como una sombra permanente, barrios dominados por el miedo, jóvenes empujados a elegir entre la migración forzada o la violencia. A esto se suma la falta de empleo digno, salarios que no alcanzan y un futuro cada vez más estrecho para millones de familias que a diario enfrentan la desesperanza.

Para muchas de ellas, incluso la Navidad se ha transformado en una utopía. Mientras algunos hablan de celebraciones y mesas llenas, otros apenas logran poner comida en el plato. La pobreza no solo quita lo material, también arrebata la posibilidad de compartir, de descansar, de soñar. En un país con abundantes recursos, la desigualdad convierte una fecha de unión en un recordatorio doloroso de las brechas sociales.

Frente a esta realidad, el gobierno camina de espaldas al pueblo. La consulta popular del 16 de noviembre dejó un mensaje claro: la ciudadanía dijo no a un proyecto que precariza más la vida, reduce derechos y pretende vender la sobrevivencia como progreso. Sin embargo, el terco inquilino de Carondelet insiste en imponer el mismo libreto, como si la derrota en las urnas no fuera una señal contundente.

Pero el pueblo no está hecho para resignarse. Cuando se nos pide conformarnos con el “mal menor”, crece la convicción de que no basta con sobrevivir. Vivir implica organizarnos, encontrarnos, hablar y escucharnos. Implica comprender que la diversidad nos fortalece. Cuando permitimos que las diferencias se usen para dividirnos, terminamos sirviendo a intereses ajenos y no a los nuestros.

Cuando la voluntad, la unidad y la solidaridad colectiva se pone en movimiento, renace la esperanza como herramienta para enfrentar un sistema capaz de producir hambre en un país rico en recursos. Hoy más que nunca necesitamos construir poder desde las bases, reconocer nuestra propia fuerza y luchar por educación, salud, salarios justos, empleo digno, seguridad sin militarización ciega, soberanía y democracia real.

Luchamos para que nuestros hijos no tengan que irse del país ni crecer entre balas, y también para que ninguna familia sienta que la dignidad o la Navidad son lujos inalcanzables. El Ecuador tiene memoria y una historia de luchas populares. Honrarla es protagonizar el presente, porque la felicidad no puede ser individual ni excluyente, es una causa para abrazarla todos.

Saludo Navideño al Magisterio por la Unidad y la Dignidad

    En estas festividades de Navidad y Año Nuevo, aprovecho la ocasión para enviar un saludo solidario y fraterno a las y los docentes activos y jubilados, así como a todo el pueblo que resiste con dignidad y esperanza.

Vivimos tiempos en los que cada día se nos empuja a sobrevivir con miedo y a aceptar el mal menor como destino. Pero sabemos que, en este llamado “Nuevo Ecuador”, sobrevivir solo tiene sentido si es luchando, organizándonos y defendiendo nuestros derechos colectivos.

Hoy es tiempo de alzar la voz y afirmar nuestra solidaridad, porque muchas voces juntas valen más que el silencio impuesto o el conformismo. Hoy es clave la unidad para no caer en la división que beneficia a quienes mandan y oprimen.

Que estos tiempos de reflexión reverdezcan la esperanza colectiva y el compromiso popular; que el 2026 nos encuentre más unidos, organizados y firmes frente a la arrogancia oligárquica y las políticas excluyentes.