El naufragio de un país no ocurre por la fuerza de las
olas, sino por la impericia y el egoísmo de quienes asumen el timón. Cuando
Platón en su célebre obra “La República” concibió la alegoría del barco, describió un escenario trágicamente idéntico al que hoy desgarra al
Ecuador: una tripulación de demagogos que asalta el poder no para guiar la nave
hacia un puerto seguro, sino para saquear las bodegas en beneficio propio. En
el contexto ecuatoriano actual, la metáfora cobra una vigencia devastadora bajo
el gobierno de Daniel Noboa.
El relato platónico nos habla que el dueño del barco es
el pueblo cuyos sentidos han sido nublados por el marketing digital y las promesas
vacías de seguridad y empleo. Hoy, despojado el gobierno de su retórica
superficial, lo que queda a la vista es una crisis integral que se ahonda cada
día. El colapso del sistema eléctrico, el desmantelamiento de los servicios
públicos de salud y educación, y la galopante inseguridad no son accidentes propios
de la política; son el resultado de priorizar la agenda corporativa por encima
de la vida de las mayorías.
El dolor de este naufragio está desigualmente
repartido. Quienes habitan en los sectores más desposeídos y olvidados del
país, enfrentan el peso diario del desempleo y el abandono estatal. Para ellos,
no hay balsas de salvamento. Sin embargo, en la primera clase del barco, los
grandes grupos económicos y la banca privada siguen acumulando beneficios mediante
condonaciones tributarias y políticas hechas a la medida del capital
transnacional. El modelo de Noboa profundiza la histórica brecha de
desigualdad: se privatizan las ganancias y se socializan las pérdidas.
Los “marineros” de Carondelet que hoy gobiernan
desprecian el verdadero arte de la navegación, las políticas públicas y el
bienestar común. Para ellos, el timón es solo una herramienta de acumulación.
La sensatez económica y la empatía social son tratadas con el mismo desdén con
el que la tripulación platónica se burlaba del verdadero piloto.
Ecuador no necesita más capitanes de ultramar
enfocados en salvar sus propios yates mientras el resto de la tripulación se
ahoga. Urge arrebatar el timón a la demagogia neoliberal y devolverlo a un
proyecto colectivo que entienda que un barco solo avanza de verdad cuando
protege a los más vulnerables en la cubierta.