viernes, 10 de julio de 2026

Seguridad y bienestar, dos caras de una misma realidad social

 “Vamos a juntar las manos para poder ser verdaderamente hermanos” y confrontar tanto las balas del crimen como el engaño silencioso del gobierno.

La narrativa oficial insiste en vendernos la idea de que el lacerante desempleo, la pobreza que devora los hogares y la violencia que desangra nuestras calles son simples “efectos colaterales” del narcotráfico. Pero quienes vivimos la realidad sabemos que no es así; sino que es la consumación de un proyecto de ultraderecha encarnado por el gobierno empresarial de Daniel Noboa, donde el autoritarismo y el neoliberalismo se dan la mano para sostener un orden social de crueldad.

Estamos presenciando la crisis del modelo neoliberal como forma de dominación. Donde las falsas promesas del libre mercado dejan de producir obediencia y consenso en la población. El Estado burgués abandona su máscara democrática y ya no busca integrar las demandas populares ni construir hegemonía; reaparece con todo su peso coercitivo para repolitizar la lucha de clases desde arriba. La mal llamada “guerra interna contra las drogas” no es más que una declaración de guerra contra los sectores populares y los territorios históricamente abandonados.

El régimen noboísta opera con una doble perversidad. Por un lado, despliega el uso espectacular y militarizado de la violencia, la normalización de la fuerza letal y la intervención carcelaria como un circo punitivo para el aplauso de las élites. Por el otro, ejecuta lo que el marxismo define como la coacción muda del capital, una violencia silenciosa que se materializa en el retiro del Estado social, la precarización extrema y la total ausencia de alternativas. Se obliga al pueblo a vivir en condiciones de miseria.

Así, la ultraderecha vacía de contenido la democracia sin necesidad de suspenderla formalmente. La administración de Noboa ensambla a la perfección el mercado, “la restauración conservadora” y la fuerza bruta. Se utiliza el discurso de la seguridad como un objetivo político para privatizar la crisis y reorganizar el sentido común, pretendiendo que el orden familiar y la obediencia resuelvan lo que el Estado destruyó.

Sin embargo, esta situación de crueldad tiene un límite. Cuando el subempleo ya no alcanza para comer y la violencia estatal desborda los territorios, el conflicto reaparece. Ante un orden social inviable, la resistencia popular tiene la obligación urgente de disputar el sentido común. No se puede aislar la inseguridad de la pobreza; es indispensable “juntar las manos para poder ser verdaderamente hermanos” y confrontar tanto las balas del crimen como el engaño silencioso del gobierno.