El Partido Comunista del Ecuador nació el 23 de mayo de 1926 como Partido Socialista Ecuatoriano, impulsado por intelectuales, obreros y campesinos inspirados en la Revolución Rusa. En 1931, tras unirse a la Tercera Internacional, adoptó su nombre definitivo. A lo largo de su historia, alternó entre la legalidad y la clandestinidad debido a las persecuciones de gobiernos dictatoriales y conservadores.
Si miramos atrás, es innegable que el PCE tiene una historia de peso. No nació en escritorios cómodos, sino del barro, las fábricas y las haciendas. Pensar en personajes como Dolores Cacuango, Joaquín Gallegos Lara, Nela Martínez o Enrique Gil G., es recordar a gente que verdaderamente se la jugó por los derechos de los indígenas y los trabajadores cuando el Estado ni siquiera los miraba. Gracias a esa fuerza se lograron conquistas laborales que hoy damos por sentadas.
En la actualidad duele ver el panorama socio económico. El país vive aterrado por las extorsiones, las bandas criminales, los apagones, falta de medicinas y una falta de empleo que obliga a la gente a armar maletas y migrar, gran parte de la izquierda parece atrapada en el siglo pasado, mientras la realidad avanza a un ritmo brutal y violento.
La verdad es que a la madre de familia que no sabe si su hijo regresará vivo del colegio, o al comerciante que tiene que pagar una “vacuna” para que no le quemen el negocio, las teorías sobre la lucha de clases le importan un bledo. La delincuencia organizada ha llenado los vacíos que el Estado y la política abandonaron, y ahí es donde la izquierda de escritorio perdió el norte y la conexión con el barrio. Aunque en el pasado buscaron espacio electoral mediante alianzas como el FADI en 1979, las últimas coaliciones, lejos de fortalecer al partido, lo han debilitado.
El PCE sigue existiendo y conserva su mística militante, pero hoy la supervivencia no se juega en los manifiestos, sino en la capacidad de dar respuestas útiles a un país que sangra. Si la izquierda no aterriza sus discursos a la urgencia de la seguridad, la salud, el empleo y el hambre, el partido corre el riesgo de convertirse en eso: un bonito museo de nostalgia revolucionaria, completamente irrelevante para la crítica realidad que estamos viviendo.