miércoles, 10 de diciembre de 2025

Cuando los Derechos Humanos tienen dueño, el silencio también es violencia

  Cada 10 de diciembre se “celebra” el Día de los Derechos Humanos, pero en Ecuador esa fecha suena a discurso vacío más que a una auténtica conquista colectiva. ¿De qué derechos hablamos cuando conseguir una cita médica es una odisea, cuando en los hospitales falta hasta una gasa y cuando las escuelas públicas sobreviven con presupuestos recortados? ¿Qué igualdad podemos invocar en un país donde la mayoría vive de la informalidad, donde una casa digna es una utopía y donde salir a la calle es una apuesta diaria contra la violencia?

La realidad muestra que los derechos humanos funcionan mejor para proteger intereses empresariales o políticos, ahí sí aparecen comunicados urgentes, defensores influyentes y toda la institucionalidad. Pero cuando se trata del trabajador informal, de la madre que peregrina por atención médica, de los jóvenes sin futuro, de las comunidades indígenas abandonadas o criminalizadas, el Estado calla.

Esa indiferencia no es nueva. Desde las luchas por la independencia, pasando por la Revolución Liberal de Alfaro, que abrió las puertas al laicismo, la educación pública y algunas libertades que hoy tenemos, han sido fruto de la organización popular. Luego vino el movimiento obrero, los gremios, las huelgas que reclamaron justicia social. Más tarde, el levantamiento indígena empujó al país hacia el reconocimiento como Estado plurinacional y los derechos de la naturaleza en la Constitución de 2008, una conquista nacida desde abajo.

Sin embargo, mientras los derechos avanzan en el papel, retroceden en la vida real. El gobierno actual criminaliza la protesta, justifica el uso abusivo de la fuerza y revive debates superados por la historia. El paro indígena lo evidenció con detenciones arbitrarias, represión indiscriminada, asesinatos y discursos que deshumanizaron a todo un movimiento. Y esa violencia institucional no es aislada: el caso de los Cuatro de las Malvinas, menores ejecutados extrajudicialmente por una patrulla militar en Guayaquil en 2024, sigue recordando que la impunidad también oficializa la negación de derechos.

Mientras el país lidia con sus heridas, el mundo también normaliza violaciones brutales. Basta ver Palestina para entender que la ONU condena, pero no detiene masacres. Tampoco sorprende que el gobierno calle ante la amenaza de invasión al pueblo venezolano. Por eso, es urgente que el Ecuador recupere una voz digna. porque el silencio a más de cómplice, es otra forma de violencia.

viernes, 5 de diciembre de 2025

Una proforma fiscal que no responde a las necesidades reales del pueblo sino a las recetas del FMI

Como docente he vivido de cerca las tensiones presupuestarias de los últimos años, miro con profunda preocupación la aprobación del Presupuesto General del Estado 2026 y, especialmente, la pésima ejecución del presupuesto 2025. Lo que debería ser una hoja de ruta para fortalecer la educación pública, se ha vuelto un espejo que revela una gestión que se aleja de las necesidades del pueblo.

En 2025 se asignaron más de siete mil millones para educación, pero el Gobierno ejecutó apenas un 52 %, cifra que evidencia negligencia y falta de planificación. Ese subejercicio deja aulas sin mantenimiento, textos sin imprimir y docentes sin reconocimiento salarial. Mientras tanto, para el pago de la deuda externa sí se ejecutó más del 76 %, dejando claro que la sumisión al FMI es prioritaria, aun a costa de sacrificar el futuro de millones de estudiantes.

Que en el 2026 el presupuesto educativo se disminuya ya no sorprende, pues cada año sucede lo mismo. Pero si preocupa que ahora la proforma no contemple los recursos para cumplir la Transitoria Trigésima Tercera, afectando por tercer año consecutivo a más de catorce mil docentes y tampoco garantiza la tan esperada equiparación salarial para miles de maestros que aún esperan justicia.

La ausencia de fondos específicos para la adquisición y actualización de textos escolares anticipa retrasos que, no solo afectarán el normal desarrollo del año lectivo, sino que también limita la calidad de los procesos de enseñanza y aprendizaje en todos los niveles. En materia de infraestructura educativa, la escasa y deficiente planificación revelan que se proyecta intervenir apenas el 10% de las instituciones que se encuentran en mal estado, cifra que no responde a la magnitud del problema que enfrentan miles de estudiantes y docentes.

A ello se suma la reducción de ciento veintiocho millones de dólares destinada a diecinueve universidades públicas, recorte que implica menos investigación, contratación de docentes y menos oportunidades de acceso para los jóvenes. Solo en 2025, más de cien mil estudiantes quedaron al borde del pantano social debido a que estas limitaciones les impidió el ingreso a la universidad. En la UNL, el recorte bordea los seis millones de dólares; no obstante, duele aún más la actitud de los tres estamentos universitarios, que pese al profundo impacto que esta situación genera en toda su comunidad académica, guardan silencio.

viernes, 28 de noviembre de 2025

"La Importancia de Hablar Mierda"

En la obra “La importancia de hablar mierda: o Los hilos invisibles del tejido social”, el profesor Nicolás Buenaventura rescata el valor de la conversación cotidiana: ese “hablar bobadas” que educa y libera, el de esas palabras que muchos desprecian por considerarlas inútiles. Sin embargo, cuando se leen desde la perspectiva de la educación liberadora propuesta por Freire y Martí, estas conversaciones informales adquieren un sentido aún más profundo, se revelan como espacios de aprendizaje auténtico, de creación colectiva y de libertad expresiva.

 

Para Freire, la palabra es un acto de transformación del mundo; no existe diálogo verdadero sin escucha, sin reconocimiento del otro, sin construcción conjunta de sentido. En esa línea, Buenaventura muestra cómo las habladurías, los cuentos improvisados y los relatos exagerados no son ese simple “hablar bobadas o ruido social”, sino que son oportunidades para que las personas nombren su realidad, la interpreten y la reinventen como una práctica de diálogo horizontal lejos de la rigidez de los discursos oficiales.

Como defensor de una pedagogía basada en las vivencias, descubrí en las conversaciones informales un terreno fértil para el aprendizaje natural. En los chistes, los chismes, las historias repetidas y las exageraciones se activan imaginación, memoria y expresión. Lo que la escuela tradicional reprime como distracción, es en realidad, creación cotidiana. Buenaventura reivindica ese flujo vivo de la palabra donde la comunidad juega, se reconoce y se educa mutuamente, sin maestros autoritarios ni exámenes punitivos, haciendo del intercambio espontáneo una verdadera experiencia formativa.

Martí, por su parte, insistía en que la educación debía partir del alma del pueblo, de sus modos de hablar, de sus afectos y de su cultura habitual. En este sentido, las conversaciones aparentemente banales de las que habla Buenaventura, son depósitos de identidad donde se conserva y se renueva la sensibilidad popular. Hablar, aunque sea “hablar bobadas”, es también un acto de amor y de pertenencia; un modo de sostener la dignidad que nace del reconocimiento mutuo.

En un mundo dominado por la manipulación de la comunicación, Buenaventura nos recuerda que la palabra compartida es un espacio de libertad. Conversar sin propósito inmediato, escucharnos sin prisa y contarnos historias sin garantía de verdad es una manera de resistir la mecanización del vínculo humano. Así, “hablar bobadas” se convierte en un acto pedagógico y liberador, un tejido vivo donde se aprende a ser, a convivir y a imaginar juntos un mundo más humano.