viernes, 27 de marzo de 2026

Más allá de los títulos, hacia una educación del reconocimiento humano

 “La educación para ser realmente liberadora tiene que romper el modelo de utilitario a fin de reconocer, independiente del Estado, nuestro valor intrínseco y soberano” Doseret

En materia de ética, me declaro radical. No es arrogancia; es la convicción de que los seres humanos debemos tratarnos siempre como un fin y nunca como un medio. En Ecuador, donde a menudo se mide el valor de una persona por su título, sus "palancas" o su utilidad productiva, esta idea es sediciosa: cada uno de nosotros valemos por el solo hecho de existir. No necesitamos "ser alguien" en la vida; ya lo somos. Esta verdad se vuelve hoy más cruda: el sistema nos obliga a coleccionar diplomas que luego se empolvan en perchas, pues ni siquiera el esfuerzo académico garantiza un empleo en un mercado que nos ignora. El título no es el ser. Como señaló José Martí: “El primer deber de un hombre es pensar por sí mismo”, y ese pensamiento debe empezar por reconocer nuestra dignidad más allá de una vacante laboral.

María Montessori sostenía que nacemos con virtudes plenas y que es el entorno adulto el que nos distorsiona. En nuestra realidad, esto implica que la educación no debería ser una carrera de obstáculos para conseguir un empleo, sino un proceso de desaprendizaje de prejuicios para florecer en libertad. Históricamente, hemos operado bajo un modelo patriarcal: una madre que sobreprotege y un padre –el Estado o la religión– que impone leyes, castigos y nos arroja a un mercado laboral para el que no estamos listos, convirtiéndonos en medios para fines ajenos.

Ante esta asfixia de dogmas, recordemos a Paulo Freire: "Nadie educa a nadie... los hombres se educan en comunión". El conocimiento nace del diálogo horizontal y la minga de saberes, donde educador y educando se transforman mutuamente. Él propone una visión adaptada a nuestro tiempo: imaginemos ese diálogo que no nos expulsa de la sociedad, sino que nos incluye en el árbol del conocimiento. En este modelo, la educación ecuatoriana priorizaría la inteligencia emocional y la colaboración, en lugar de la competencia feroz.

Somos seres frágiles –como bebés en un mundo hostil– que merecen una ética que no pida pruebas de valor. El papel del líder no es cambiar al otro, sino acompañarlo hasta que esté listo para probar el fruto del saber y partir con plena seguridad. Al final, ser radicales es entender que el valor humano no se negocia ni se adquiere: se reconoce.

viernes, 20 de marzo de 2026

El Ecuador real se desangra mientras Noboa ofrece mano dura

“Si no se garantiza justicia social, educación y trabajo digno; el garrote no soluciona el hambre” Doseret

Ecuador está al límite. No es escasez de recursos, sino un abandono indolente lo que tiene a toda una generación en medio de la desesperación. Estamos en un punto crítico donde el desprecio estatal amenaza con destruir el futuro de nuestro país. Mientras desde las alturas del poder se intenta vender una narrativa de control y “firmeza”, en las calles esa imagen se hace pedazos. La vida cotidiana de nuestra gente está hoy marcada por un miedo que paraliza y una precariedad que asfixia.

La inseguridad en este país ya no es una fría estadística para debatir en foros; es el negocio del barrio que baja la persiana porque la extorsión le ganó la partida. Es el padre de familia que sale a trabajar sin saber si volverá, y el joven que ve en la violencia la única puerta de salida ante un Estado que le dio la espalda. La respuesta oficial, reducirlo todo a botas militares en las esquinas, es un parche de corto alcance. La paz no se decreta con fusiles si no hay pan en la mesa ni futuro en las aulas. Sin justicia social, el control es solo un garrote que no soluciona el hambre.

Nuestra economía popular se cae a pedazos. Comer bien se ha vuelto un lujo de élites mientras la canasta básica vuela por las nubes. Millones de ecuatorianos se baten a duelo diario en la informalidad, sobreviviendo a punta de rebuscas y resistencia. Pero cuidado: resistir no es un proyecto de país, es un síntoma de un sistema fallido que prefiere cumplir las recetas de los organismos financieros internacionales antes que llenar los estómagos de su gente.

¿Y qué decir de la salud y el campo? Hospitales convertidos en cáscaras vacías donde la vida depende de tener dinero para la farmacia privada, y agricultores que se parten el lomo para recibir migajas mientras los grandes acuerdos de escritorio amenazan nuestra soberanía.

Ya basta de gobernar para los indicadores y los aplausos de Trump. Detrás de cada porcentaje hay madres angustiadas y trabajadores que sostienen al país a puro pulmón y sin respaldo. Ecuador no necesita más discursos proselitistas; exige dignidad, empleo y una visión que ponga al ser humano sobre el capital. El país real exige respuestas y las exige ahora.


viernes, 13 de marzo de 2026

La sumisión en Miami y el abandono en casa

“Si aceptas sobrevives un poco más, si resistes te aprietan, si te opones o estorbas te convierten en objetivo de intervención” Lógica de Trump 

La reciente participación del presidente Daniel Noboa en la cumbre "Escudo de las Américas" en Miami ha dejado una imagen desoladora para la dignidad nacional. Mientras Donald Trump, con su habitual arrogancia, calificaba al español como un "idioma maldito" y sentenciaba que "no perdería el tiempo aprendiéndolo", la respuesta de Noboa fue el silencio cómplice. Esta actitud no es solo un desliz diplomático, sino un acto de vasallaje cultural que acepta una jerarquía donde Ecuador es un simple subordinado de una visión colonialista obsoleta.

Para Trump, la región no es un socio con voz propia, sino un terreno de "caos y matanzas" que debe ser administrado como su patio trasero. Al aceptar este discurso de "fuerza letal" y tutela militar, Noboa valida la idea de que somos incapaces de gestionar nuestra propia seguridad. Sin embargo, lo más alarmante es que esta sumisión externa tiene su contraparte interna en un autoritarismo prepotente. Noboa parece decidido a imponer el ajuste neoliberal del FMI a sangre y fuego, instalando un estado policiaco para criminalizar a quienes se oponen a su política antipopular.

Mientras el presidente se codea con la derecha continental y firma convenios con el Comando Sur para detener la influencia china, el Ecuador real se arruina. La salud pública está en terapia intensiva: el Ministerio de Salud enfrenta un déficit de 500 millones de dólares para medicinas e insumos básicos en este 2026. En el IESS, las citas se postergan meses para ser resueltas en diez minutos, mientras se pretende despedir a 1,800 profesionales médicos en medio de una crisis sanitaria. La educación no corre mejor suerte, con 50 mil docentes atrapados en los nombramientos provisionales y la infraestructura educativa desmoronándose.

Defender la soberanía lingüística es también defender los derechos sociales: las guarderías para nuestros niños, los centros gerontológicos y la atención a personas con discapacidad. Cualquier gobernante entiende que el respeto mutuo es la base de la seguridad. Al callar ante los insultos de Trump, Noboa no solo no defiende nuestra lengua, sino que confirma que su prioridad es cumplir una agenda de acatamiento mientras descuida la vida de los ecuatorianos.

No permitamos que el autoritarismo de Noboa y el desprecio de Trump hipotequen nuestro futuro. Acudamos al llamado de los trabajadores siendo parte de la protesta nacional este viernes 13 de marzo. ¡Defendamos nuestra dignidad y derechos!

viernes, 6 de marzo de 2026

8 de Marzo, más allá de las rosas, justicia real para la mujer

“Quien no se mueve no siente las cadenas” Rosa Luxemburgo

El 8 de marzo en Ecuador ya no es un día de celebraciones superficiales. Las mujeres exigen menos discursos demagógicos y más compromiso real. Aunque abundan rosas, la vida cotidiana dista mucho de un jardín: es un terreno de resistencia donde la "utopía emancipadora" choca con la precariedad laboral, la brecha salarial y la falta de oportunidades dignas. El Estado, muchas veces ausente, deja a las mujeres frente a sistemas educativos y de salud deteriorados, obligándolas a sostener hogares y comunidades en condiciones extremas. Todo esto ocurre bajo la sombra de una inseguridad que ha transformado nuestras calles en espacios de vulnerabilidad, donde la supervivencia se vuelve el primer acto de rebeldía.

 

Históricamente, las mujeres han sostenido “la mitad del cielo”. Desde la huelga de Petrogrado en 1917 hasta las luchas campesinas locales, ellas han sido motor de cambios profundos. En Ecuador, caminamos sobre los hombros de gigantes: la audacia de Manuela Sáenz y la organización de Manuela Cañizares en la Independencia, la apertura democrática de Matilde Hidalgo y la resistencia incansable de Dolores Cacuango y Tránsito Amaguaña desde el páramo. Sin embargo, recordar esta figuras también nos confronta: ¿qué dirían ellas, cuando el femicidio sigue cobrando vidas y la justicia parece un privilegio lejano? No puedo omitir a Pacha Terán, quien enfrenta represión estatal, por liderar la resistencia indígena, visibilizar a las mujeres rurales y, defender los territorios con valentía.

Hoy, la lucha femenina no es solo simbólica; tiene una dimensión de clase ineludible. No basta ocupar espacios tradicionalmente masculinos, se trata de transformarlos. La participación en política y economía debe ser herramienta para diseñar estrategias que reduzcan la explotación de las mujeres más vulnerables. Solo así se puede saldar la deuda histórica con quienes enfrentan las peores condiciones sociales y laborales.

Este 8 de marzo honramos a nuestras ancestras con acciones concretas, no poesía vacía. Exigimos caminar libres, trabajar con justicia y vivir dignamente, rompiendo paradigmas y obligando al Estado y la sociedad a asumir responsabilidades. La emancipación de la mujer ama de casa, obrera, estudiante, empleada, madre soltera, depende de la solidaridad, la lucha colectiva y la transformación profunda de la sociedad, donde trabajo y riqueza sirvan a la vida, no a la ganancia. La lucha sigue firme hasta que la justicia sea real para ellas y para todo el pueblo.